—Gianna.
Cornelia estaba frente a la puerta cerrada del laboratorio, parecía tranquila e incluso portaba su bata blanca.
—Cornelia, hola —saludó Gia y trató de dominar el galope de su corazón; era terrible siempre estar rodeado de licántropos que podían percibir el cambio más insignificante en tu cuerpo—. Pensé que no estabas en la ciudad.
—Perdí el vuelo —sonrió—. Tenía una junta importante en Washington.
—Oh, ya veo.
Cornelia sonrió. Gianna trató de responder igual, aunque le costó.
—¿Y por