Hana caminó lentamente por el pasillo. De regreso a su habitación. La casa estaba en silencio, a esa hora de la noche, ya todos se habían marchado, inclusive él, su amante nocturno.
Entró al dormitorio. La cama permanecía deshecha. Las sábanas arrugadas y húmedas conservaban todavía las huellas de su presencia y el aroma a perfume caro de su amante incondicional. Evidencias de una felicidad que siempre debía permanecer oculta.
Hana cerró la puerta con suavidad y observó con cierta melancolía