Akira observó su reflejo. Lucía impecable esa noche, el color de su vestido negro, combinado con la decoración en hilos dorados, le daban ese toque lujoso y elegante que la joven geisha necesitaba para deslumbrar a los invitados de esa noche.
Respiró hondo antes de salir de su camerino. Tomó con cuidado su shamisen y se dirigió al salón principal.
Mientras avanzaba por el pasillo, repasaba –mentalmente– la melodía y la letra que ella misma había creado luego de aquel sueño tan vívido que tu