Masaki condujo a Akira lentamente hasta la cama, sin apartar la mirada de sus ojos.
Con delicadeza, llevó una mano hasta el lazo que sujetaba el albornoz de seda roja que envolvía su figura. Sus dedos deshicieron el nudo con parsimonia. La prenda se abrió lentamente, resbaló sobre su piel como una suave caricia antes de caer hasta el suelo.
El CEO la observó de pie a cabeza como quien mira una pieza escultórica con admiración y a la vez, con miedo de romperla. Akira contuvo el aliento. La i