La admisión de su pelirroja amiga le pareció triste. No podía concebir que una joven tan preciosa anduviera por la calle de la amargura a causa de un amor, o, mejor dicho, por un hombre. Sin embargo, ante ella estaba una prueba fehaciente de que eso era posible.
«¡Vaya y cómo no adivinó antes que se trataba de un hombre!». Ni modo que ella hablara de una madre impositiva.
—Lo siento, no sé por qué dije eso.
—Supongo que porque lo necesitabas —argumentó. Comenzaba a sentir una fuerte empatía por