Dante Gossec miraba por la ventana de su estudio hacia la entrada principal de su casa cuando un deportivo negro se estacionó, su ceño se frunció al imaginarse el conductor de tan ostentoso aparato, a pesar de todo no pudo contener la sorpresa al mirar quien descendía de este con una sonrisa triunfal y soberbia.
El cuerpo se le descompuso ante el visitante. La aversión que sentía hacia el conductor era incomprensible. Desde que lo conoció lo aborreció.
—¡Ivette! —El áspero tono de voz empleado