Siguió caminando con sigilo y la piel se le erizo. Cerró los ojos y negó con la cabeza, su instinto la apremiaba a salir de allí, pero algo más la impulsaba a continuar, no era curiosidad, tampoco el instinto de supervivencia, claro estaba.
«No puedes irte, ya estás aquí, no puedes irte», se aupó.
—Señora, ¿en qué puedo servirla? —Camilo la sobresaltó cuando venía trayendo a Huracán a su lugar.
—¡Oh!, Camilo —exclamó con el corazón en la boca y llevándose una mano al pecho—. ¡Qué susto me has d