Ivette se sentó en la cafetería del centro comercial con una extraña y macabra sonrisa adornando sus labios, sacó de su bolso el pequeño diario rojo, que guardó en casa de su hermana. Lo abrió y comenzó a hacer anotaciones, con aquel especial brillo demencial en la mirada.
Si seguía uno a uno los pasos que tenía en su diario, las cosas comenzarían a caer como piezas de dominó, preparadas con estrategia e inteligencia para acorralar a su presa y entonces dar el zarpazo final.
—Sí…, lo sé. Somos