—¿Qué haces aquí? —preguntó Sofía.
Sus ojos lo recorrieron, buscando algún indicio de la razón detrás de su repentina visita.
Estuardo sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Soy tu esposo, ¿no? —respondió él con calma, aunque había un matiz frío en su voz que Sofía no pudo ignorar—. Debería estar aquí.
Antes de que ella pudiera responder, la puerta del hospital se volvió a abrir, y la familia de Sofía hizo su aparición.
Su hermana menor entró primero, seguida de cerca por su madrastra,