Los días pasaban para Daniel como en un letargo, eran interminables. Por momentos tenía episodios de desesperación y arrojaba cosas contra la pared, enardecido porque Deanna lo había dejado y por momentos, se largaba a llorar como una criatura por el mismo motivo. Se iba a volver loco.
Volvió a medio vivir en su oficina en la empresa, le costaba enfrentar las miradas acusadoras de sus hijos y la tristeza de Jonathan. El pequeño parecía un fantasma por la casa, daba vueltas sin rumbo o se encerr