Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6 —La línea
El cierre siguió bajando. Vera escuchó el sonido mínimo de los dientes metálicos separándose como si la habitación entera se hubiera quedado quieta para oírlo. No fue un ruido fuerte, pero le atravesó la espalda con más violencia que una orden. Sintió primero el aire frío en la nuca, después en la piel recién descubierta, bajando por su columna como una advertencia.
Reaccionó por instinto. Se sujetó el vestido a la altura del pecho con ambas manos, apretando la tela contra su cuerpo antes de que pudiera caer. El gesto fue rápido, desesperado, imposible de disimular. No quería quedar expuesta ante él. No así, no frente a Mauro Greco, no frente al hombre que la había convertido en esposa sin pedirle permiso.
Mauro no terminó de bajar el cierre de inmediato.
Se quedó detrás de ella, demasiado cerca, mirando el trozo de espalda que el vestido había dejado al descubierto. Vera podía verlo en el espejo: su rostro serio, la camisa ne*gra, la mandíbula tensa, los ojos detenidos sobre su piel con una atención que le hizo arder la cara de vergüenza y rabia.
—Le dije que no —murmuró ella.
La voz le salió baja, menos firme de lo que habría querido.
Mauro levantó la mirada hacia su reflejo. No contestó. Ese silencio fue peor que una amenaza, porque no le daba nada contra lo que defenderse. No había brutalidad evidente. No había prisa. Solo esa calma suya, oscura, medida, como si pudiera permitirse el lujo de decidir hasta dónde llegar. Luego alzó una mano y Vera se tensó entera.
—No me toque.
Él la tocó igual.
No la agarró, no la forzó contra él. Solo apoyó un dedo en la parte alta de su espalda, justo debajo de la nuca. Fue un roce lento, apenas una presión sobre la piel, pero Vera sintió que se le cortaba el aire. Había algo obsceno en esa delicadeza, algo peor que la fuerza, porque obligaba a su cuerpo a sentir lo que su orgullo rechazaba.
Mauro bajó el dedo por su columna, despacio, sin apartar la vista del recorrido.
Vera cerró los dedos con más fuerza sobre el vestido. Si aflojaba, la tela caería. Si se movía, él sabría que la había quebrado. Si respiraba demasiado fuerte, también. Intentó quedarse quieta, pero el miedo le hizo temblar los hombros apenas, y el movimiento fue suficiente para que Mauro lo notara.
Él no se detuvo.
Su dedo siguió bajando por el centro de su espalda, rozando cada vértebra con una lentitud que parecía calculada para desarmarla sin necesidad de arrancarle nada. Vera sintió rabia, asco, pánico y una confusión física que la enfureció todavía más. No quería sentir el calor de él tan cerca. No quería oler su perfume, ni escuchar su respiración, ni notar la forma en que la miraba como si cada reacción suya le perteneciera.
Mauro humedeció sus labios.
El gesto fue mínimo, pero Vera lo vio en el espejo. Vio cómo sus ojos seguían el descenso de su propio dedo, cómo la tensión de su boca cambiaba apenas, cómo la noche de bodas parecía convertirse, segundo a segundo, en algo que ya no podía detener.
El dedo llegó al final de la columna y se detuvo justo antes de la curva baja de su espalda. Vera sintió un golpe de pánico tan limpio que casi perdió el equilibrio.
Allí, Mauro se quedó quieto, un segundo o dos. Después levantó la vista. Sus ojos se encontraron en el reflejo. Y entonces él la vio.
No la Vera desafiante de la iglesia, ni la mujer que había sostenido la cabeza alta en el banquete. Tampoco la hija herida que había lanzado frases como cuchillos frente a su padre. Vio el pánico verdadero, desnudo, imposible de maquillar. Vera tenía los labios entreabiertos, la respiración agitada y los ojos demasiado abiertos, como si estuviera esperando el golpe antes de que llegara.
A Mauro se le endureció algo en la expresión y retiró la mano.
El cambio fue tan repentino que Vera no supo si confiar en él o temer más. Siguió inmóvil, sujetándose el vestido con fuerza, esperando que aquello fuera solo una pausa cruel. Mauro permaneció detrás de ella unos instantes, mirándola por el espejo, con una oscuridad distinta en el rostro.
Luego se pasó el pulgar por debajo del labio inferior, despacio, como si borrara un pensamiento que no pensaba permitir que siguiera avanzando.
Vera apenas respiraba. Él dio un paso atrás.
La distancia fue pequeña, pero el cuerpo de Vera la sintió como si acabaran de abrir una ventana en medio del encierro. Aun así no se movió, no podía. Tenía los dedos entumecidos de tanto aferrarse a la tela, y la espalda helada donde él la había tocado.
Mauro se volvió hacia la cama, tomó una manta doblada y una almohada, y las dejó sobre el sillón cercano. Lo hizo sin decir nada al principio, con una normalidad que resultaba absurda después de haberla tenido paralizada frente al espejo.
—Voy a darme una ducha —dijo al fin.
Vera no respondió. No confiaba en su voz. Mauro señaló con la mirada una puerta lateral.
—En el placar hay ropa tuya. Tu padre envió algunas cosas.
La mención de Arturo le atravesó el rostro.
Él lo notó, pero no se detuvo.
—De todas formas, renovaremos tu vestuario. Lo que hay ahí te alcanzará por ahora.
Vera siguió en la misma posición. El vestido abierto, las manos sobre el pecho, el cuerpo rígido, la respiración todavía rota. No podía decidir si acababa de escapar de algo o si simplemente Mauro había elegido otra forma de hacerle sentir su poder.
Él caminó hacia el baño. Antes de entrar, se detuvo en la puerta y se giró.
La miró, esta vez no a través del espejo, directamente.
Vera tuvo que obligarse a no retroceder, aunque seguía medio desnuda bajo la amenaza de que el vestido cayera si aflojaba los dedos. La vergüenza le ardía en la piel, pero se negó a bajar la cabeza.
Mauro la observó unos segundos más. Su expresión era dura, pero ya no tenía ese filo peligroso de hacía un momento.
—Ya relájate, Vera.
Ella tragó saliva.
La frase pudo haberla enfurecido si hubiera tenido fuerzas para otra batalla. Pero el cuerpo todavía le respondía al miedo, no a la rabia.
Mauro apoyó una mano en el marco de la puerta.
—No me gusta someter a las mujeres. Va en contra de mis principios.
Vera soltó una respiración temblorosa, casi inaudible. “Principios”, la palabra sonó extraña en boca del hombre que la había comprado, del mismo que acababa de rozarle la espalda con el deseo más oscuro del mundo y luego se había detenido como si hubiera visto un límite escrito en sus ojos.
—Así que cambia esa cara de pánico —añadió él, con voz más baja—. Hablamos en un rato.
Vera quiso responderle. Decirle que no tenía derecho a pedirle calma. Que no podía abrirle el vestido como si fuera suyo y después hablar de principios. Que si quería que no lo mirara con terror, tal vez no debió comprarla, casarse con ella y encerrarla en una habitación la misma noche.
Pero no dijo nada. No porque no tuviera palabras, sino porque todavía sentía su dedo sobre la columna.
Mauro la miró un instante más, como si esperara que ella dijera algo. Al no obtener respuesta, entró al baño y cerró la puerta.
Poco después, el sonido de la ducha llenó el silencio.
Vera permaneció frente al espejo, inmóvil, con el vestido abierto y las manos aferradas a la tela, mirando la puerta cerrada del baño como si todavía pudiera salir de allí el hombre que, por unos segundos, la había hecho creer que la noche de bodas iba a convertirse en una condena.
Y comenzamos... espero muuuuuuuuchos comentarios, no sean ahorrativas







