La arrogante sonrisa que emergió en los labios de Rhaegal fue tan amplia que dejó al descubierto unos afilados y poderosos caninos blanquecinos. Unos que estaban demasiado cerca del cuello de la inconsciente Lyra.
—Es curioso que digas eso, hermano, teniendo en cuenta que fuiste tú quien me echó de casa en primer lugar—ronroneo el chico de mirada tan dorada como el sol.
Nadie en el castillo movió un músculo o emitió el más mísero de los sonidos, mientras miraban con terror al hombre que sostení