La noche comenzaba a cubrir el mundo con su manto estrellado, salpicando la cúpula azul de pequeños diamantes que resplandecían con la fuerza del mismísimo dios del fuego.
Lyra llevaba allí horas, sentada en el suelo, contemplando el reino ante ella. Un reino al que ahora pertenecía.
Había visto a Rhaegal marcharse, salir del castillo hacía unas cuantas horas atrás. Sin embargo, no había hecho absolutamente nada para detenerlo.
Miles de ideas navegaban el turbulento mar de su mente, sometiéndo