Nada logró mitigar el penoso pesar que sentía Lyra en el centro de su pecho.
Ni el hostentosamete lujoso cuarto que le habían asignado, el cual derrochaba belleza, elegancia y sofisticación. Tampoco la cálida tina repleta de agua jabonosa que ya la esperaba en el centro del cuarto de baño.
Nada de eso sirvió, no cuando su mente estaba ocupada por el simple pensamiento de saber que el cuero rey estaría, en esos preciosos instantes, preparándose para el banquete.
Uno al que ella debería acudir si