El día era simplemente hermoso, el sol brillaba con fuerza en el cielo y no había una sola nueve que eclipsará su magnificencia.
Ante sus ojos, el imponente castillo se alzaba con fuerza y majestuosidad, igual que una flor surgiendo de la nieve en pleno invierno.
—No tienes nada que temer, eres una de las invitadas del rey, y como tal nadie te hará daño—dijo Peter, mientras tiraba de las riendas de Tristán para que aligerara el paso.
Ella había logrado retrasar la partida hasta la mitad del día