Roger no se iba a quejar de que su esposa llegara con esa actitud, pero le resultó demasiado extraño.
Elizabeth se le echó encima con desesperación y comenzó a besarlo, pero una llamada a la puerta los hizo ponerse en guardia.
—Gordita, ey, gordita —le insistió para que lo soltara porque ella parecía no darse cuenta de que el pomo de la puerta se movía y que estaban llamando—. Compón tu ropa —le dijo con una sonrisa porque la actitud de Elizabeth era demasiado extraña.
Su esposa se apartó como