Habían trascurrido tres semanas desde aquella noche y Elizabeth no podía sentirse más feliz.
Desde ese día ya no regresó a su propia habitación, Roger quería que durmiera con él todas las noches y ella estaba feliz de hacerlo.
Elizabeth había abandonado ese miedo que tenía de que su esposo no la amara porque él todo el tiempo se lo estaba demostrando.
Ahora estaba segura de que se casó con ella por amor y ni su insufrible suegra o su cuñada podrían estropeárselo.
—Esta tarde quiero que vengas c