Elizabeth amaneció en el sofá y con el mismo malestar que tendría si se hubiera marchado a beber la noche anterior.
Cuando llegó a su casa, la niñera ya había dormido a su hijo y Bastian, por los ronquidos que daba, parecía que no despertaría en una semana.
Tras lo ocurrido, en lugar de estar feliz porque había estado con el hombre que amaba, se sentía horrible por haber permitido lo que tanto dijo que no volvería a pasar.
Se sentó en la sala y miró sus piernas, sus brazos, el vientre plano, ah