—¿Lo sientes, mi gordita? —ronroneó Roger a la vez que se acercaba a ella y la aprisionaba contra su pecho—. Todavía tiemblas cuando me tienes cerca, no niegues que aún me deseas.
Elizabeth buscó a su espalda para aferrarse a la barandilla del elevador. No era capaz de mirarlo a los ojos y se mostraba tan indefensa en ese instante que casi lo hizo desistir.
Estaba jugando sucio, se estaba aprovechando de la pasión que existía entre ellos para retenerla, pero era incapaz de controlar sus impulso