Roberto caminó hacia mí, extendiendo su mano. Levanté las mías que seguían envueltas en los guantines, estaban algo temblorosas. Con mucho cuidado, él me quito los guantes y los lanzó al piso.
— Ven, necesitas relajarte. — Me tomó por una mano y me halo para seguirlo.
— ¿Cómo…? ¿Cómo sabías que estaba aquí?. — Tartamudeé.
— Los muchachos me avisaron. — Volteó para sonreírme. — Despertaste a medio piso.
Salimos del gimnasio, subimos al ascensor y Roberto presionó el botón del Pent-house. Podía s