Al llegar al hospital, Eduardo corrió hacia Glinda, cuya piel estaba pálida y cubierta de sudor. Su expresión de angustia hizo que todos los presentes contuvieran el aliento. Él se arrodilló junto a ella, tomando su mano temblorosa con una desesperación que nunca antes había mostrado.
—¡Glinda! —exclamó, sus palabras llenas de pánico—. ¿Estás bien? Por favor, dime que estás bien.
Glinda entreabrió los ojos y lanzó una mirada de dolor y reproche hacia Eduardo. Sus labios temblaban, y sus ojos, ll