Dylan y Marella llegaron juntos a la mansión Aragón, sus pasos resonando en el pavimento mientras el aire se cargaba de tensión.
Al bajar del auto, Dylan percibió el ligero temblor en la mano de Marella y la sostuvo con firmeza, transmitiéndole seguridad.
—Estaré aquí, no tengas miedo —le susurró, mirándola a los ojos con una promesa silenciosa de apoyo.
Cuando entraron al salón, apenas tuvieron tiempo de orientarse antes de que un grito desgarrador los alcanzara. Yolanda avanzó hacia Marella co