Eduardo apretó los puños al ver cómo su abuelo ignoraba sus exclamaciones y se dirigía directamente hacia el señor Robles, quien estaba al lado de Marella, su abogado Nassin, y Suzy. Santiago Aragón respiraba pesadamente, con su rostro encendido de una profunda vergüenza.
—Señor Robles… —murmuró, dirigiéndose al hombre que le había servido fielmente por casi treinta años.
El señor Robles se volvió lentamente, manteniendo la mirada firme y fría sobre su exjefe. Años atrás, le hubiera bastado una