Darrel estacionó frente al edificio de Bernardo con las manos aferradas al volante, sus nudillos blancos por la fuerza con que apretaba. Su respiración era irregular, un torbellino de emociones lo consumía: rabia, traición, impotencia. Bajó del auto y avanzó hacia la entrada, ignorando los intentos del portero de detenerlo. Nada iba a interponerse entre él y el hombre que había osado amenazar la estabilidad de su familia.
Llegó al departamento y golpeó la puerta con fuerza, un trueno que retumbó