Instintivamente, mis ojos fueron a la puerta cerrada, asegurándome que Alexander no apareciera de pronto. Me levanté, observando mis alrededores, como si Marcos fuera a aparecer debajo de la cama en cualquier momento.
Me estaba llamando desde un número desconocido porque yo había terminado de bloquear su contacto.
—¿Te comieron la lengua los ratones, amor mío? —Su tono era tan bajo que sus palabras en lugar de sonar amorosas, eran atemorizantes.
De una manera que no entendía, me ardía el