A mis pies, sobre una manta suave extendida en la alfombra, mis dos pequeños milagros de seis meses exploraban su mundo a gatas.
Kalani y Astrid. Dos caritas idénticas que me robaban el aliento cada vez que las miraba. Llevaban seis meses con nosotros y todavía me costaba creer que fueran reales. Habían heredado los ojos de su padre, ese gris tormentoso y penetrante que en ellas parecía el cielo antes del amanecer. Su cabello, un castaño tan oscuro que casi parecía negro bajo cierta luz, era u