Vinicius lo tenía agarrado por los brazos, inmovilizándolo mientras que yo continuaba convirtiendo su rostro en un charco de sangre. Llegué al punto en que los nudillos me dejaron de doler. No fui capaz de sentir nada.
Era satisfactorio ver cómo el rostro de ese imbécil iba perdiendo forma después de dárselas de macho golpeando mujeres, ¡golpeando a mi mujer!
Solo con imaginarme a este imbécil sobre una Kiara de ocho, de doce y hasta de veinte años, golpeándola como si fuera un saco de boxeo