Mis manos se sentían inquietas a medida que me dirigía al oscuro estacionamiento subterráneo de la aerolínea para recoger mi auto. Todo mi cuerpo estaba en necesidad del toque suave de una inocente mujer con cabello color caramelo, largo hasta el final de su espalda.
Mi ansiedad aumentaba con cada paso. Tenerla por cuatro días conmigo solo había servido para arraigarme más a ella, para anhelar su presencia con ferocidad.
Y solo había pasado un jodido día sin ella.
Pero ese único día había sido