El calor que desprendía un cuerpo a mi costado izquierdo y el incesante repicar de un teléfono, hizo que me despertara del mejor sueño que había tenido en muchos años. Con una paz y una ligereza que recorría mi cuerpo que había olvidado que podía sentir.
Abrí mis ojos y encontré la razón. Una apacible y durmiente figura estaba arraigada a mi cuerpo con unas de sus manos posada en mi barbilla y la otra enterrada en mi cabello. Una de sus piernas estirada despreocupadamente en medio de las mías y