Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia
Al llegar a mi casa, no puedo dejar de pensar en unos ojos azules que me han torturado en sueños durante años.
Antes solo eran ojos azules que me perseguían en mis pesadillas, pero ahora que los he visto en persona, estoy casi segura de que es él. No sé de dónde lo conozco; juraría que lo vi alguna vez. ¿Pero dónde?
Es innegable cómo los latidos de mi corazón se aceleraron al detallarlo de pies a cabeza. Intenté no ser tan obvia, aunque fue difícil.
—¿Hay alguien ahí?
Sí, Amelia, va a salir tu abuela Luz de la tumba y te va a decir "Boo".
Mi conciencia no puede evitar el sarcasmo, tanto como yo.
—Linda, estoy en la cocina, ven.
La sigo y, sigilosamente, la observo mientras prepara la cena, moviéndose al ritmo de una música que solo ella escucha. Si no la conociera, apostaría a que la música está en su cabeza. Cualquiera que la vea diría que está un poco loca.
Me agacho, le agarro las tonificadas piernas por detrás y la asusto, haciendo que se caiga. Río a carcajadas; ella finge estar enojada hasta que no puede más y estalla en risas también.
Nuestra amistad es así: espontánea y sin prejuicios.
La ayudo a servir nuestros platos y a abrir una botella de vino. Disfrutamos la cena mientras ella me platica que tuvo otra de sus famosas peleas con el engreído de su jefe.
Palabras suyas, no mías.
—Tengo algo que quiero proponerte, pero no sé si querrás.
Me mira con su típica mirada juguetona, esa que me irrita a veces por lo feliz que puede ser.
—Dímelo, hermana.
—¿Qué opinas de arreglarnos e ir a un club a bailar? Es viernes, después de todo.
Mi actitud parece confundirla; normalmente soy más de crear barreras y encerrarme en mí misma. Entre ir a divertirme o quedarme en mi cuarto leyendo, me es más viable la segunda opción.
—¡Mueve tu trasero, nena! Debemos vernos como unas diosas empoderadas. ¡Aprovechando tus momentos de lucidez!
Corremos hacia nuestras habitaciones, obviamente cuidando de no tropezar.
Cada una se dirige a su habitación. Yo, por mi parte, elijo un vestido dorado con un ligero escote y tirantes delgados, cubierto de lentejuelas. Un regalo de Lía. Me pongo unas sandalias del mismo color y un abrigo.
Aplico un poco de base, rímel en mis pestañas, me hago un delineado sutil y, por último, un toque de brillo labial.
En realidad, no soy de maquillarme; prefiero lo natural, pero hoy es noche de diversión.
Salimos casi al mismo tiempo de nuestras habitaciones y no puedo evitar sentirme orgullosa de mi mejor amiga. Luce impresionante con su vestido negro, ajustado a su figura perfecta.
—¿Qué tal me veo, amiga?
—Luces fenomenal, Lía. Tendrás a más de uno detrás de ti. ¡Vamos!
Me agarra del brazo y pedimos un taxi que nos deja en un club llamado O'Lunney's Times Square Pub.
Es nuevo; su inauguración fue la semana pasada. No tenemos que hacer fila, al parecer, Lianna tiene contactos, ya saben.
Todo aquí grita lujo: sofás aterciopelados, grandes alfombras, la pista de baile, y el segundo piso, que es zona VIP, donde se va la gente más elegante.
Mientras nos adentramos en el club, las luces de colores iluminan nuestros rostros. Lía sonríe con carisma y despliega una confianza que yo, sinceramente, envidio.
Por otro lado, siento que me asfixio rodeada de tantas personas. Las miradas acusadoras parecen juzgarme. Debo estar aquí, por Lía, pero también por mí.
—Linda, vamos por unas bebidas. Después, a bailar.
La sigo; ella pide dos martinis y los bebemos rápidamente antes de ir hacia la pista de baile.
De fondo, suena "Dangerous Night" de Thirty Seconds to Mars. Bailamos cerca, moviendo nuestras cinturas y llamando la atención de varios chicos. Por primera vez, me dejo llevar. Pierdo de vista a Lía hasta que la veo, restregándose con otro chico.
Oh, vaya.
Estoy a punto de irme a la barra cuando siento unas manos rodeando mi cintura.
Es un chico de cabello castaño, ojos grises, cuerpo musculoso y uno que otro tatuajeMe gusta… me gusta mucho.
Coloca sus manos sobre mi cintura y empezamos a movernos al ritmo de la música, de lado a lado. Prácticamente estoy frotándome contra él. ¿Estoy siendo demasiado atrevida? Me siento como si estuviera flotando
¿De dónde salió este chico tan peculiar?
La canción termina, y con ella, nuestro baile.
Nos dirigimos a la barra y él pide dos tragos. Lía desapareció hace rato; seguramente está muy ocupada enrollándose con algún chico.
—¿Cómo te llamas, preciosa?
—Amelia. ¿Y tú?
—Soy Nickolas, un gusto conocerte. Me pareciste una chica interesante y por eso me acerqué.
—Un placer conocerte, Nickolas.
Y así comienza una conversación amena con un chico guapo y encantador. Intercambiamos números y quedamos en llamarnos.
Pasamos varias horas juntos, hasta que decidí que ya era suficiente por hoy y fui a buscar a Lía.
Estoy por darme la vuelta y volver a la barra, cuando siento que alguien se detiene justo a mis espaldas.
—¿Perdida, muñeca?
Su voz rasposa, cargada de ironía y arrogancia, me sacude los huesos. No necesito girarme para saber quién es. Esos ojos azules podrían incendiar mi cordura sin siquiera tocarme.
Me doy la vuelta con una sonrisa tan falsa como mis ganas de socializar esta noche.
—¿Y tú? ¿Sigues paseando tu perro por los bares ahora?
Su sonrisa se ladea como si mis palabras fueran caricias en vez de espinas. Se acerca un paso, lo suficiente para que su perfume —a madera, pecado y ego inflado— me inunde.
—Esta vez lo dejé en casa... aunque estoy tentado a pensar que tú eres la que vino con correa —dice, con una mirada descarada a mi cuello.
Mis mejillas arden, pero no voy a darle ese triunfo.
—Solo en tus fantasías, señor arrogante.
Levanta una ceja con diversión.
—Tienes razón. En mis fantasías llevas algo mucho más interesante que ese vestido dorado.
—¿Sabes? Me sorprende que puedas reconocer un vestido y no solo un trasero al pasar —digo sin perder la sonrisa.
—¿Te dolió? Pensé que lo habías disfrutado —responde con tono burlón, acercándose aún más.
No sé si empujarlo o besarlo. Es un conflicto interno que no pedí, pero aquí estamos, y él parece disfrutar cada segundo de este tira y afloja.
—Mira, no tengo tiempo para tus jueguitos de adolescente calenturiento. Vete a fastidiar a otra.
—¿Y perderme esta lengua afilada? Jamás —responde inclinándose hasta mi oído—. Me encantan las mujeres que saben defenderse... aunque también disfruto mucho cuando se rinden.
Lo empujo suavemente con una sonrisa que dice te vas a tragar esa arrogancia. Pero en el fondo, algo en mi pecho retumba con fuerza. Y no es el bajo de la música.
Me doy la vuelta decidida a alejarme, cuando siento que me sujeta de la muñeca, con delicadeza, pero con intención.
—Baila conmigo.
No es una pregunta. Es un reto.
Y odio admitir lo mucho que quiero aceptarlo.
No sé en qué maldito momento acepté su invitación. Tal vez fue su mirada desafiante, o tal vez el hecho de que mi cuerpo se movía solo, traicionándome, siguiendo sus pasos hacia el centro de la pista.
La música cambia a algo más intenso, algo entre lo sensual y lo salvaje. Perfecto. Justo lo que necesitaba para complicarme más la existencia.
Este hombre exasperante se coloca frente a mí, con esa media sonrisa de lobo que le sale tan natural, como si supiera que ya tiene la partida ganada.
—No te preocupes, no muerdo… —murmura con tono bajo, sensual—, a menos que me lo pidas.
—¿Siempre hablas así, o solo cuando sientes que te están ignorando?
—Solo cuando alguien me enciende sin tocarme.
Dios. ¿Cómo hace para que cada palabra suene como un maldito juego de seducción?
Empieza a moverse al ritmo de la música, lento, con intención. Cada paso es una provocación, como si me invitara a rendirme. Y yo… soy tan idiota que respondo. Siento mis caderas seguir el ritmo, mis manos se levantan, mis ojos no se apartan de los suyos.
Hay un momento, solo uno, donde me roza la cintura con una mano, suave, como si estuviera tanteando terreno. Me acerco más. Lo suficientemente cerca como para sentir su respiración. Pero no le doy el gusto de tocarme más.
—¿Y esto qué es? ¿Tu técnica para impresionar chicas en clubs? ¿Las miras con esos ojos de “me las sé todas” y ya caen rendidas?
—Funciona… —responde con un guiño arrogante—, aunque tú pareces disfrutar más resistirte.
—No me resisto. Me divierto viendo cómo te esfuerzas.
—¿Y si te dijera que no necesito esforzarme?
Me inclino hacia su oído, rozando con mis labios el borde.
—Entonces te estás mintiendo a ti mismo.
Se tensa. Por primera vez noto cómo mi veneno le pica. Parece disfrutarlo. Me aprieta un poco más contra su cuerpo, haciéndome girar, y nuestras caderas encajan como piezas que no sabían que estaban hechas para eso. La fricción es... peligrosa.
El mundo desaparece. No hay gente, ni luces, ni ruido. Solo él y yo, bailando con fuego entre los cuerpos.
—Quiero volver a verte —dice con voz grave—. Y no en un club.
—Qué pena —le digo con fingido pesar—, yo no salgo con hombres que tocan traseros como saludo.
Se echa a reír. Esa risa que vibra en su pecho y me retumba en el alma.
—Entonces tendremos que inventar un nuevo saludo. Algo… menos invasivo. —Me mira a los labios, descarado—. O más.
Me separo justo a tiempo, antes de perder el control. Le lanzo una sonrisa desafiante y camino hacia la barra sin mirar atrás.
Pero siento sus ojos clavados en mí, como si pudieran desnudarme.
No tengo idea de en qué juego me metí esta noche.
Pero sé que ya no hay vuelta atrás.
Llegamos a la barra, y yo ya puedo sentir cómo mi cuerpo está tenso. He sido lo suficientemente estúpida para seguirle el juego, pero no tengo ni idea de qué busco, o si en realidad quiero jugar con él… o solo quiero ver hasta dónde puede llegar sin perder el control.
Pido un whisky y me siento en un taburete alto, mirando al frente, esperando que se marche, pero no. Ahí está, justo detrás de mí, en silencio, observándome.
—¿Te molesta si me siento? —Pregunta con voz baja, como si ya supiera la respuesta.
Lo miro por encima del hombro, tan cerca que podría sentir el calor de su cuerpo.
—¿Por qué no? Así puedes seguir intentando impresionarme con esa mirada intensa. No me sorprende que funcione con tantas… ¿sabes? chicas dispuestas a perderse en un par de minutos de diversión.
Él se sienta con su característico aire de seguridad. No me mira, sino que me observa, y puedo ver cómo lo disfruta.
—Si piensas que todo esto es solo diversión para mí, quizás deberías reconsiderarlo. No soy tan fácil de leer, ¿lo sabías? —Su voz está cargada de algo más que curiosidad; hay un dejo de desafío.
—Oh, lo sé —respondo rápidamente, tratando de esconder lo que realmente siento al tenerlo tan cerca—. Pero no creas que me impresionarás solo con un par de movimientos en la pista. Ni siquiera estoy aquí para eso.
Le doy un trago a mi bebida, sintiendo cómo el alcohol calienta mis venas y me ayuda a seguir este maldito juego.
—Vaya, entonces… ¿qué buscas exactamente? Porque no veo que quieras irte. Estás aquí, frente a mí, y aunque digas que no te impresiono, te aseguro que tus ojos no pueden dejar de buscarme.
Su sonrisa se vuelve más peligrosa. Algo en su tono me desconcierta, como si hubiera tocado una fibra que no debía.
—Tal vez simplemente disfruto del desafío. Porque, honestamente, no me has impresionado… todavía.
Sonríe con malicia. Y cuando está por decir algo más, suena su teléfono. Algo que parece sacarlo de su zona de confort, algo que lo hace bajar la guardia por un segundo.
Puedo ver que no es cualquier llamada, y eso me da una sensación de victoria, aunque sea por un segundo. Pero sé que la guerra no ha terminado.
—Perdón, es algo urgente —dice antes de alejarse por un momento. Y mientras se aleja, algo en mí se retuerce. Tal vez sea la adrenalina, o quizás las dudas que me inyectó con esa mirada tan penetrante.
Ya con Lía a mi lado, nos largamos de vuelta a casa. Mañana amaneceremos con una resaca del demonio.
La llevo a su habitación, la acomodo en su cama y la cubro con una cobija para que descanse tranquila.
Decido hacer lo mismo. Estoy por desmaquillarme cuando recibo dos mensajes. Uno de ellos es de un número desconocido.
Nick: Dulces sueños, Amelia. Mañana te veo.
Ah, olvidé mencionar que mañana saldremos. Solo como amigos, claro. Es todo lo que puedo ofrecer y él lo aceptó sin problema.
Desconocido: Ten dulces sueños. Nos veremos más pronto de lo que piensas... y me lo pagarás.
Estoy demasiado cansada como para preocuparme por eso ahora.
Semanas después
Han pasado varias semanas desde aquel primer encuentro con Nickolas. Hemos construido una linda amistad.
También hemos salido varias veces en todo este tiempo, ya sea a comer, bailar o simplemente para que me cuente qué chica se ligó. Sí, es un mujeriego en todo el sentido de la palabra.
Pero también es cierto que ha sido el único chico con el que he podido entablar una amistad sincera.
Después de... después de ese día, todo quedó borroso en mi memoria.
Lo único que permanece nítido son esos malditos ojos azules. No se van de mi mente. Aparecen en mis sueños, en mis pesadillas... y cada vez que me cruzo con ese tipo.
¡Es tan frustrante!
Al despertar, decidí prepararme un café para el nivel de nervios que estaba manejando el dia de hoy, mi entrevista se acercaba y me causaba un poco de estrés.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —pregunta Lía, medio adormilada, arrastrando las pantuflas y frotándose los ojos.
—No podía dormir —le digo mientras le paso una taza de café—. Estaba pensando en lo que me dijiste... sobre llamar a la empresa.
Ella alza una ceja, de inmediato más despierta.
—¿Y… lo hiciste?
Asiento con la cabeza, tomando un sorbo de café para hacerme la valiente.
—Sí. Llamé ayer antes de volver a casa. Antes de que saliéramos al club
Lía abre los ojos como platos, y se sienta frente a mí de golpe.
—¡¿Y por qué demonios no me dijiste?! ¡Yo quería escuchar eso en vivo!
—No me parecía justo interrumpir tu sesión de chef profesional. —le contesto, sarcástica.
Ella revira los ojos, pero está claramente ansiosa.
—¿Y qué te dijeron? ¡Vamos, suéltalo ya!
Suspiro.
—Me atendió un hombre poco amable… al principio.enojado porque tenia su numero. Yo por supuesto, informe que Lia Messina me había dado el contacto. Le dije que estaba interesada en postularme a una vacante administrativa. Todo estuvo en silencio absoluto. Pero justo cuando iba a colgar, su tono cambió.
—¿Qué quieres decir con "cambió"?
—Como si de repente tuviera interes en mi. Me pidio informacion de mi experiencia… y me dijo que el director general me daba la oportunidad para que me dieran una entrevista.
Lía se atraganta con el café.
—¡¿QUÉ?! ¿Me estás diciendo que él…? ¿Que ese pedazo de arrogancia de lo más seguro es que fuera el idiota de mi jefe? Te dio la oportunidad porque yo te facilite el contacto.
—Eso parece. Tengo entrevista mañana a las nueve de la mañana. Pero no entiendo por qué. No nos conocemos. O al menos… yo no recuerdo conocerlo.
Lía se queda en silencio unos segundos, cosa rara en ella.
—Amelia… ¿y si él sí te recuerda a ti? si el te conoce de algún lado y por eso te facilito la entrevista.
Mis latidos se aceleran. Miro mi taza de café como si pudiera darme respuestas.
—Eso es lo que más me asusta.
Alexander
Estas semanas han sido frustrantes. No he podido conseguir una asistente y no puedo manejar todo esto solo. Necesito ayuda. Hoy llego más temprano de lo habitual a la empresa; tengo muchísimo trabajo acumulado, y sin una asistente competente, no avanzo.
Quizás deba comunicarme con Samuel, a ver si por lo menos se dignó a conseguirme una bendita asistente. No soy una máquina, necesito apoyo.
—Samuel, ¿puedes venir a mi oficina? Es urgente —le digo a través del teléfono.
Para los que no lo saben, Samuel es mi mejor —y único— amigo desde la infancia. A lo largo de los años hemos mantenido nuestra amistad intacta. Es leal, y eso lo valoro mucho.
No pasan ni diez minutos cuando Samuel llega, algo preocupado.
—Aquí estoy. ¿Todo bien? ¿Qué necesita el amado presidente? —dice con su tono burlón de siempre.
—¿Hiciste lo que te pedí? Hablo en serio, necesito una bendita asistente lo más pronto posible, y tú lo sabes, bastardo —respondo, un poco colérico.
—Vale, tranquilo, amigo. La verdad es que la mayoría ya saben cómo eres… así que no esperes que reciba mil llamadas por la oportunidad de trabajar contigo. Pero ayer en la tarde llamó una señorita. Se llama Amelia. Solicitó el trabajo, y le dije que viniera mañana a las nueve de la mañana. Tú le harás la entrevista —dice, con un tono que no logro descifrar del todo… tal vez algo orgulloso, no lo sé.
—Buen trabajo. Al menos dime que le preguntaste si tenía estudios, o mínimo algo de experiencia…
—La verdad, si. Tiene formación en administración de empresas, esta a punto de graduarse y ha trabajado en áreas similares… es organizada, proactiva, discreta y muy comprometida. De resto tendrás que encargarte tú, amigo —responde encogiéndose de hombros.
—Bien, puedes irte —le digo. Y sin más, se retira.
Por un lado, me siento aliviado. Solo espero que todo salga bien con esta chica. Esta es mi oportunidad.
¿Qué voy a hacer si no consigo a alguien para el puesto? Voy a enloquecer.
Si la chica es apta, no voy a poner en riesgo su puesto solo por una calentura. Ella será prohibida para mí.
Primero, debo ver si está lo suficientemente calificada. Tiempo al tiempo.
El día transcurre con normalidad. Estoy demasiado ocupado adelantando todo lo que puedo. Con eso, cae la noche y me dirijo rumbo a la mansión.
Llego, lo más dichoso a la cena con mis padres —nótese el sarcasmo—. Después de dos golpes en la puerta, mi madre me recibe exageradamente feliz, lo que me da jaqueca. Bueno, no… la verdad es que valoro a mis padres. Nunca sabes en qué momento la vida puede arrebatártelos.
—Bien, madre… ¿de qué tenemos que hablar que no podía esperar más? También me alegra verte —bufé, agotado. Este día ha sido una m****a, pero sé que ella no tiene la culpa.
—Cariño, hace mucho que no nos visitas. Ven, sentémonos mientras sirvo la cena —dice, algo triste, y ahora me siento como una m****a por tratarla así.
Le hago caso y voy a sentarme. Ahí está mi adorado padre. Mamá no tarda más de diez minutos y comemos en un silencio cómodo. Me agrada estar con ellos… solo que el trabajo me consume demasiado. Es una responsabilidad muy grande, y sé que ellos lo entienden.
Es papá quien rompe el silencio primero:
—Hijo, te extrañamos mucho. Sé que la responsabilidad que te he dejado no es poca cosa, pero hay un tema importante del que debemos hablar —dice, con un dejo de preocupación.
—Yo también los extraño, pero no entiendo qué es tan urgente que no podía esperar —respondo, algo irritado.
—Estamos preocupados por ti. Solo vives para trabajar, y ya tienes veintiséis años. Queremos verte formar una familia, darnos nietos. En pocas palabras, es hora de que sientes cabeza. Ya basta de tus aventuras de una noche —dice mamá, seria, pero en calma absoluta.
—¿Me están hablando en serio? Esto… ustedes no pueden estar hablando en serio. ¿Y qué pasará si no cedo a estos caprichos suyos? —digo, algo cortante.
—Sencillo, hijo. Perderás todos los lujos. Eso incluye la herencia de la compañía. Tú decides. Tienes exactamente un año para hacerlo. Si en un año no vemos resultados, olvídate de todo —dice papá con una maldita sonrisa.
—Bien. Lo pensaré. Debo irme.
—Cariño, sabes que hacemos esto por tu bien. Queremos lo mejor para ti —dice mamá con dulzura.
—Lo entiendo perfectamente, no te preocupes. Trataré de venir más seguido, lo prometo. Los quiero.
Me dirijo al coche y conduzco directo a casa. Ha sido un día agotador. Solo quiero descansar.
Mañana será un nuevo día… y solo espero que todo salga bien.
Al siguiente Día
Amelia.
Despierto con el corazón acelerado.
Dormí mal, otra vez.
Mis sueños se llenaron de esa escena en el parque. Él, sus ojos, su voz. Esa actitud de idiota con ego desbordado.
Y yo… golpeándolo. Dios. ¿Quién hace eso?
Yo, aparentemente.
Sacudo la cabeza mientras me visto con mi blusa blanca favorita. Esa que me hace sentir más fuerte, aunque por dentro me esté desmoronando un poquito.
Hoy es importante. Tengo una entrevista en una de las editoriales más importantes del país. Puede que por fin algo en mi vida esté a punto de cambiar.
Un par de días después, ahí estoy, frente a la puerta de la editorial, respirando hondo mientras repaso mi hoja de vida en mi mente. ¿Quién lo diría?
Mi pulso late con fuerza mientras veo su figura de espaldas. El imbécil que me dio una nalgada, al que le di un golpe y con el que baile de manera sexy hace no mucho tiempo, está en la recepción, claramente esperando a que lo llamen. Su presencia es tan… imponente que me detengo un par de segundos antes de entrar.
Me doy cuenta de que me ha visto. Pero no me va a hacer el favor de mirarme de manera "amistosa". No, no. Él no es ese tipo de persona. Y no, no me dejaré intimidar, aunque sé que es imposible no sentir ese nudo en el estómago. Sus ojos se clavan en mí con una mezcla de reconocimiento y algo más que no puedo identificar.
La recepcionista me mira y luego me señala hacia él, como si hubiera esperado este encuentro todo el tiempo. Es tan desconcertante cómo el aire cambia cuando está cerca.
—Creo que tienes algo de "suerte" al estar aquí —dice él con una sonrisa ladina mientras me acerco, haciendo que el espacio entre nosotros se vuelva más... incómodo.
—Lo sabías, ¿verdad? —Respondo con tono ácido, sonriendo levemente—. Claro, yo soy "la elegida" para la entrevista, ¿no?
Es tan irónico cómo las cosas cambian. Un día estoy bailando con él en un club, y al siguiente estoy aquí, a punto de enfrentarme a él en una entrevista profesional.







