Mundo ficciĂłnIniciar sesiĂłnAmelia
Quince años
Veo que se mueve de un lado a otro, y eso no hace más que inquietarme. ÂżLe pasĂł algo? ÂżHice algo mal? No paro de cuestionarme quĂ© hay de malo en mĂ.
Se viste rápidamente y me lanza mi ropa a la cara con indiferencia. Este no es el chico romántico que conocĂ.
—¿QuĂ© esperas para vestirte? Quiero que te largues de mi maldita casa. —Solo percibo una mirada frĂa, como si estuviera impaciente por verme irme.
Esto me duele.
—¿Por qué me hablas as� Soy Amelia, tu novia. Quiero quedarme contigo, acurrucarnos, que me hagas cariñitos y… y…
No puedo continuar porque todo lo que oigo es su incesante risa. Se está burlando de mĂ.
—No me digas que te creĂas tan especial. Todo fue un juego, niña. Solo lo hice para acostarme contigo, como lo hago con todas.
Se me nubla la vista. Yo habĂa creĂdo en cada una de sus palabras. CreĂ que en verdad sentĂa algo por mĂ. Por primera vez debĂ hacer caso a mis padres. Me tomĂł por estĂşpida y caĂ en su juego.
Detiene su risa y me observa con dolor, como si algo lo carcomiera por dentro y no pudiera parar.
—¿De verdad no te pasa nada? —digo en medio de tantos sollozos. Él se acerca a mà con cautela, como si fuera a quebrarme en cualquier momento.
—No puedo hacer esto, lo siento. Quise hacerte daño, pero en realidad no puedo. Eres demasiado buena, incluso para mĂ. Quiero que sepas que fui obligado a hacerte esto. Yo no querĂa burlarme de ti. Era esto o me echaban del club de fĂştbol… una tradiciĂłn de m****a. Y se pondrá peor, Amelia. Solo vete. AlĂ©jate lo más que puedas de mĂ, porque solo voy a herirte.
No puedo creer lo que está diciendo. Esto remueve todas las putas heridas que apenas comenzaban a sanar. Tan poca cosa soy, que solo me quieren por un rato. Después de todo, mamá siempre lo dijo:
No vales nada y nadie te apreciará.
Huyo de ese imbĂ©cil que terminĂł de romperme. Un club de fĂştbol fue más importante que yo. No pudo romper con esas barreras ni siquiera por mĂ. Soy un fracaso. Tal vez deberĂa dejar de robarle el oxĂgeno a las personas que realmente lo necesitan. SerĂa más fácil.
Está lloviendo a cántaros, pero no me importa. Solo quiero estar en mi habitación y llorar hasta secarme. Evito tomar un taxi o lo que sea. Me dejo mojar por la lluvia. No me importa pescar un resfriado.
Llego a casa y me encierro en mi habitaciĂłn. Cojo un libro del estante, dispuesta a transportarme a otro mundo, uno donde no haya problemas ni malos ratos. Un escape de la realidad. AsĂ podrĂa definir mi amor por la lectura.
Estoy tan inmersa en la historia, que no noto que alguien ha entrado, hasta que el colchón se hunde a mi lado. Alzo la vista por un momento… y entonces lo veo.
“Mi salvador.”
—¿Por qué estás llorando, princesa? ¿Pasó algo? —Paso con rudeza las mangas del saco por mi rostro, secando las lágrimas.
—Nada, Oliver. ÂżTe importarĂa dejarme sola? No quiero ver a nadie. —Él hace una mueca y niega con la cabeza.
—Vamos, princesa. Sabes que te conozco. Cuéntale a tu hermano mayor qué te pasa, ¿s�
Entonces me rompĂ. Me refugio en los brazos de la Ăşnica persona que nunca me ha dejado caer.
—Me mintiĂł, Oliver. JurĂł que me amaba y solo me usĂł. Estoy defectuosa o algo asĂ, porque la gente solo juega conmigo… o me abandona. —Lloro desconsoladamente. Esto puede más que yo.
Él acaricia mi espalda suavemente. Solo se escuchan mis sollozos.
—Todo pasará. Aquà está tu hermano, que jamás te abandonará. ¿Lo entiendes? No dejaré que nadie más te haga daño.
Lo abrazo más fuerte. Dejarme ir en ese llanto alivió un poco el dolor.
No bajo a comer. No quiero molestar a mamá, ni que me trate mal. Papá, aunque ha demostrado cierto cariño, nunca hace nada cuando ella me ataca con su venenosa lengua.Finalmente, me quedo dormida, sin tener pesadillas con esos ojos azules que me persiguen siempre.
Al despertar, bostezo y lo primero que hago es revisar el celular. No ha dejado de vibrar desde hace rato.
Abro I*******m y suelto un jadeo.M****a, no. Esto no puede estar pasando.
Hay decenas de mensajes en mi bandeja de entrada. Pero no son del tipo: “¿Te gustarĂa que nos conociĂ©ramos?”
Son mensajes como:Eres una maldita zorra.¿Cuánto por una noche, mojigata?Y entonces lo recuerdo…
“Y se pondrá peor, Amelia. AlĂ©jate de mĂ, porque solo te harĂ© más daño.”
Esas fueron sus palabras antes de dejarlo. Me intentĂł advertir… pero eso no cambia lo que hizo.Entro al archivo que todos se están reenviando. Es un video de Adam y yo teniendo sexo. No se le ve claramente, pero… era el Ăşnico con quien habĂa estado. En quien confiĂ©.
ÂżAlguien nos grabĂł?
Me traicionĂł.
Recibo una llamada suya. Tal vez es el cierre que necesitamos.
—Amelia, dime que no lo has visto… —Empiezo a llorar. Esa es la confirmación que necesitaba.
—EscĂşchame bien: yo jamás te harĂa una bajeza asĂ. Tengo los datos de la persona que nos grabĂł. Yo no tuve nada que ver. Espero que algĂşn dĂa puedas perdonarme.
—Espero que algĂşn dĂa encuentres a alguien a quien ames con todo tu corazĂłn… y que la protejas como no pudiste protegerme a mĂ. Y espero estar presente ese dĂa, para sentirme orgullosa de ti… Hasta que la vida nos vuelva a encontrar.
—Hasta que la vida nos vuelva a encontrar, ángel.
De nuevo, termina de romperme. Y justo en ese momento, alguien empuja la puerta. La vista se me nubla antes de distinguir tres rostros preocupados:
Oliver, mamá y papá.
En Oliver lo entiendo. Pero mi mamá… Ella ha hecho mi vida imposible. Y papá jamás la contradice.
—¿Qué está pasando, Amelia Moreau? ¿Por qué están circulando estos videos?
Estoy a punto de desmayarme. Pero antes, les cuento todo: cĂłmo sucedieron las cosas, lo que ese cretino me hizo.
Por primera vez, veo una mirada cálida en mi madre… pero rápidamente la disimula. Antes de salir dice:
—Nosotros nos encargaremos de lo que hizo ese poco hombre. No debes preocuparte.
Sin más, salen los tres… ¿a dónde? No sé. Solo me acurruco.
Pasadas unas horas vuelven. Lo sé porque Oliver entra algo desanimado. Le hago señas y finalmente habla.
—Ya se encargaron. Lograron borrar el video antes de que se viralizara más. Y ese bastardo prometió alejarse después de que papá lo golpeara. Pero… prefieren que no les hables más. Dicen que eres una vergüenza para el apellido Lambert.
Suspira, agobiado. SĂ© que esto le duele tanto como a mĂ. Me defendieron, sĂ… pero no por amor. Lo hicieron por el maldito apellido.
—Y ya sabes… lo de siempre. Pero no voy a repetir comentarios absurdos que no valen la pena escuchar. —Lloro sin contenerme.
Es horrible que ni mis propios padres me apoyen.
Bien, asà será.
—Hey, mĂrame —Y asĂ lo hago—. Eres mi hermana. Y sea lo que decidas, yo te apoyo, princesa. No eres una mala persona. En realidad, eres demasiado buena e inocente para este mundo cruel. AlgĂşn dĂa, alguien se dará cuenta de lo valiosa y hermosa que eres.
—Sabes que te amo con todo mi corazĂłn. Si necesitas ayuda, no dudes en pedĂrmela. Eres mi hĂ©roe.
Él sonrĂe… y se marcha.
El dĂa transcurre con normalidad, hasta que cae la noche. Como de costumbre, no bajo a cenar. Espero a que todos se duerman, preparo mis cosas para marcharme. Empaco mi ropa, intento llevar la mayorĂa de mis libros y lo esencial. Pero antes, escribo una carta para mis padres. Prefiero no avisar a Oliver. SĂ© que se alarmarĂa y me buscarĂa hasta traerme de vuelta.
Mamá y papá:
Escribo esto solo para alegrarles aún más la existencia.
SĂ© que nunca me han querido y, aunque nunca lo entendĂ, ya aprendĂ que primero voy yo… y luego los demás.Me marcho de sus vidas para siempre. No tendrán que volver a quejarse de mĂ, ya saben… para no ser un maldito estorbo, como me lo han hecho sentir toda la vida.
No se preocupen, dejaré de manchar el apellido Lambert.
Aunque sé que no lo harán, espero que no me busquen nunca, porque no voy a regresar.Gracias por hacer de mà una persona miserable y por hacerme sentir sin vida.
Aunque quisiera odiarlos, no puedo… porque soy mejor que ustedes.AsĂ que, a partir de hoy, Amelia Lambert está muerta para ustedes, como ustedes lo están para mĂ.
Atentamente,
Amelia MoreauActualidad
—¿Vamos, Amelia? Levántate. Son las ocho y media, ¿no es tarde para tu entrevista de trabajo? —escucho a lo lejos, pero no logro reconocer bien la voz.
—Bien, tĂş te lo buscaste —dice LĂa, mi mejor amiga, justo antes de lanzarme una cubeta de agua helada.
Después de soltar una carcajada y salir corriendo como una niña, siento cómo el agua gélida se desliza por todo mi cuerpo. Suspiro, resignada. Supongo que es hora de dejar la flojera y darme una ducha.
No tardo ni quince minutos. Elijo un vestido sencillo que realza mis curvas y unos zapatos de tacĂłn bajo. Bajo a la cocina y LĂa me recibe con un desayuno delicioso. Como en menos de diez minutos… ya se me hace tarde.
—Que tengas un buen dĂa —dice LĂa mientras salgo corriendo a alcanzar el autobĂşs.
Diez minutos más tarde llego a la empresa donde tengo la entrevista. Lo mejor será preguntar en recepción.
—Buenos dĂas, señora. Soy Amelia Moreau y vengo por la entrevista —le digo a la recepcionista, quien me mira de arriba a abajo con una expresiĂłn de clara indiferencia. Como si simplemente le molestara que le hablara.
Cosas como esas… ya dejaron de afectarme.
—Lo siento, señorita —dice, fingiendo cortesĂa pero cargada de desdĂ©n—. LlegĂł treinta minutos tarde. No podĂamos perder nuestro tiempo esperándola, Âżverdad? Ya le dimos el puesto a alguien más puntual. Ya sabe por dĂłnde es la salida.
Mi rostro debe estar completamente rojo. No puedo creer lo que escucho. Dejo escapar una sonrisa forzada y salgo.
Camino directo a casa. No tengo ganas de hacer nada más. Al llegar, veo que LĂa me sonrĂe, pero borra esa expresiĂłn al ver mi cara. Debe intuir lo que pasĂł. Subo corriendo a mi cuarto y escucho sus pasos detrás de mĂ.
—¿Qué pasó, cariño? ¿Te dieron el puesto? —pregunta con dulzura.
—No, LĂa. Me fue como la m****a. Ni siquiera me recibieron por llegar tarde. Ya está, me rindo —le respondo en medio de un ataque de histeria.
Ella me deja sola. Sabe que necesito espacio. Definitivamente, hoy no es mi mejor dĂa. AsĂ que me tiro en la cama y me dejo llevar por el agotamiento.
—Vamos, Amelia. No puedes seguir asĂ. Esta vez hablo en serio —escucho que insiste desde la puerta, pero me tapo la cabeza con la almohada y la ignoro.
Llevo cerca de dos semanas sin salir de la cama. Para ser exacta, solo me levanto para comer algo o ir al baño.
Aunque no lo parezca, esa oferta de trabajo era mi única opción. Me siento estancada, cansada de enviar hojas de vida a incontables empresas y recibir siempre el mismo silencio. A pesar de que tengo la experiencia… nadie responde.
No puedo permitir que LĂa siga manteniĂ©ndome. Estoy a dos meses de graduarme en AdministraciĂłn de Empresas, pero necesito generar ingresos ya. Como sea.
He perdido totalmente el contacto con Oliver. Después de irme, me llamaron incontables veces… asà que no tuve más remedio que cambiar de número.
En cuanto a Lianna… la conocĂ en el aeropuerto, en Roma. Inmediatamente conectamos. Me tomĂł de la mano durante el vuelo —era mi primera vez volando y tenĂa un miedo terrible—. Desde entonces nos volvimos inseparables.
Nos vinimos juntas a Nueva York. Conseguimos un penthouse solo para nosotras y creamos un vĂnculo inquebrantable.
Ella… ha sido lo más parecido a una familia que he tenido.
Como puedo, me levanto de la cama y voy al baño, dispuesta a darme una ducha y quitarme esta cara de m****a que he tenido habitualmente.
LĂa me espera sentada en mi cama con su rostro angelical. Ella trabaja en una de las editoriales más importantes del paĂs. CĂłmo me gustarĂa trabajar allĂ… Ejerce como recepcionista. Es muy hermosa, a decir verdad.
LĂa es una morena de ojos color miel, cuerpo de infarto y una actitud tan tediosamente positiva que simplemente te obliga a sonreĂr. Es una chica que ilumina cualquier lugar con su luz y no puede evitar hacer que los demás sonrĂan tambiĂ©n.
—Ven, bajemos a desayunar. Ya tengo todo listo.
Me obligo a mĂ misma a sonreĂr y a mejorar mi actitud.
Como lo más rápido que puedo, decidida a buscar trabajo y sacarle provecho al dĂa. Salimos juntas del departamento: ella a su trabajo y yo, a buscar el mĂo.
Son casi las cuatro de la tarde. He caminado por casi toda la ciudad de Nueva York. Decido tomar un respiro antes de que entre una llamada de LĂa. Suspiro y contesto.
—Cariño —dice su voz al otro lado del teléfono.
—SĂ, LĂa, dime... —respondo algo cansada. No tarda ni tres segundos en gritar tan fuerte que me obliga a apartar el telĂ©fono.
—¡Te tengo una fantástica noticia, cariño! —dice emocionada.
—Vale, pero no grites —respondo sin mucho entusiasmo.
—EscuchĂ© sin querer a mi guapo jefe, algo alterado por cierto, decir que está buscando una asistente personal. ÂżQuĂ© te parece, linda? PodrĂas traer tu hoja de vida y presentarte. Te pasarĂ© el nĂşmero de contacto para que puedan concretar una cita.
Su propuesta me toma por sorpresa, me impresiona… ¿Está sugiriendo que yo lo sea? Pero, siendo realistas, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Además, no olvidemos que ese serĂa mi trabajo soñado.
—Bien, mañana mismo llamarĂ©. ÂżEstá bien? Gracias por siempre pensar en mĂ. Te quiero —le digo antes de colgar.
No es que me emocione mucho…
¿A quién quieres engañar? —ignoro la vocecita de mi conciencia.
Trabajar en una de las mejores editoriales del paĂs serĂa un sueño hecho realidad. ÂżQuĂ© podrĂa salir mal?
Voy tan concentrada en mis pensamientos que no me fijo en un tipo que viene como loco paseando a su perro.
—Lo siento, señorita. Aunque tambiĂ©n podrĂa haberse fijado. ÂżDejĂł el cerebro en su casa o quĂ©?
Genial. Parece que mi destino es cruzarme con cretinos insolentes.
Lo miro de pies a cabeza, hasta que mis ojos se detienen en los suyos. No puedo evitar soltar un jadeo al verlos.
Son de un azul tan intenso que me hipnotizan. Unos ojos azules que han aparecido en mis sueños… o quizás en mis pesadillas.
Siento que se me hace familiar. A este tipo lo he visto antes, pero no sé de dónde.
Agh, maldita sea.
Le lanzo una mirada irritada y me doy la vuelta, dispuesta a irme. Pero justo cuando lo hago, siento un azote en mi trasero.
Este imbécil se atrevió a hacerlo.
Si pensaba que me iba a quedar callada, estaba muy equivocado. Cuando menos lo espera, le doy un puñetazo en su angelical rostro y me largo de ahĂ, enfadada.
Uno creerĂa que por estar en Nueva York cosas asĂ no pasarĂan… pero luego uno se encuentra con cada cretino de la poblaciĂłn.
Camino sin rumbo, aĂşn con la rabia ardiendo en mis mejillas y la mano ligeramente adolorida por el golpe. Me detengo frente a un escaparate solo para ver mi reflejo: despeinada, con los labios apretados y los ojos brillando por la mezcla entre el enojo y la frustraciĂłn. "Muy bien, Amelia. Golpeas desconocidos y ahora pareces una loca en medio de Manhattan."
Respiro hondo. Me obligo a soltar el aire lentamente. No puedo dejar que un imbĂ©cil como ese me arruine el dĂa… otra vez.
Me siento en una banca del parque más cercano y saco mi celular. Veo el nĂşmero que me enviĂł LĂa y, por un instante, dudo. ÂżY si la cago? ÂżY si tampoco soy suficiente para este trabajo? ÂżY si…?
Ya basta. Me armo de valor y marco.
—¿Hola? Buenas tardes, llamo porque me informaron que están buscando una asistente personal… Mi nombre es Amelia Moreau.
Mi voz suena más segura de lo que me siento por dentro.
Al otro lado del telĂ©fono, una voz masculina responde con un tono tan frĂo y firme que me deja un segundo en silencio. Y ahĂ, justo ahĂ… empieza la historia que cambiará mi vida para siempre.
Hay un breve silencio al otro lado, tan largo que por un segundo pienso que se cortĂł la llamada.
—¿Quién le dio este número? —responde una voz masculina, grave, imponente… casi autoritaria.
Trago saliva. Maldita sea, Âżno era mejor mandar un correo?
—Una amiga. LĂa Messina —respondo, esperando que su nombre tenga algo de peso.
Otra pausa. Más corta esta vez.
—¿Tiene experiencia como asistente ejecutiva? —pregunta, sin ningún tipo de calidez.
—Tengo formación en administración de empresas, estoy a punto de graduarme y he trabajado en áreas similares… soy organizada, proactiva, discreta y muy comprometida con lo que hago —respondo sin respirar, como si me estuviera jugando el alma.
Un leve suspiro del otro lado.
—Bien. Mañana a las nueve de la mañana, en Editorial Sutherland. Oficina 804. No llegue tarde —dice y cuelga.
Me quedo mirando el celular. ÂżFue eso una entrevista confirmada o una amenaza?
Me rĂo sola. Nerviosa, pero tambiĂ©n emocionada. ÂżQuĂ© carajos fue eso?
Respiro hondo. Por primera vez en semanas siento algo parecido a ilusiĂłn.
Amelia Moreau, prepárate… porque mañana podrĂa ser el comienzo de tu historia, la de verdad.
Alexander
Jodida m****a… Âżen quĂ© momento pasĂł esto? Hace un segundo tenĂa a una preciosa mujer chupándomela en la oficina, y al siguiente, patean la puerta y me invaden la jodida privacidad.
Mi secretaria. Demonios.
Empujo a la chica lejos de mi entrepierna, subo los pantalones y la saco de la oficina sin miramientos.
Lo siguiente que encuentro en el escritorio es la carta de renuncia. La muy egocéntrica ni siquiera espera una respuesta, simplemente se larga. A pesar de ser una mujer mayor, siempre se creyó indispensable.
Siento que la cabeza me va a estallar. ÂżJusto ahora? ÂżEn plena carga de trabajo?
Su excusa barata: mi “carácter de m****a”. Según ella, le exijo más de lo que puede dar, y que no soporta “mis aventuras”. Incluso se atrevió a llamarme promiscuo.
IronĂas de la vida, Âżno?
Ahora tengo que buscar una nueva asistente. Una que esté a la altura y no salga corriendo como todas. Y, sobre todo, que no se meta en mi vida personal.
Para colmo… ¿quién demonios me llama ahora?
—¿Bueno?... ¿Quién habla? —respondo entre dientes, intentando no estallar.
—¡Mi amor! ¿Cómo estás? —la voz melosa de mi madre me desarma un poco. Un gruñido se me escapa, pero me contengo.
—Hola madre. ¿Deseas algo? —digo, con evidente exasperación.
—SĂ, cariño, hace mucho no vienes a casa. ÂżPor quĂ© no vienes a cenar esta noche? Tu padre y yo queremos hablar contigo.
Respiro profundo. Esto es lo Ăşltimo que necesito hoy.
—Bien, madre. Iré, lo prometo —respondo antes de colgar.
Solo es una cena. Nada más. Luego me concentraré en lo realmente importante: encontrar una nueva asistente. Y esta vez, no quiero dramas ni sorpresas. Alguien funcional, sin emociones involucradas. Punto.
Después llamo a Samuel. Él puede ayudarme con eso.
Paso el resto del dĂa trabajando. Cuando el reloj ya no da más, recojo mis cosas y paso por algo de comida antes de regresar a casa. Antes de ir a la cama, saco a Sasha, mi perra, a dar su paseo por el parque.
Parece más emocionada de lo normal esta noche. Corre como loca, obligándome a seguirle el paso. Este… este es mi momento de paz.
Hasta que, como siempre, algo lo arruina.
Choco con una chica. Una distraĂda y torpe que ni siquiera se fija por dĂłnde camina.
Es bonita. Muy bonita. Cuerpo voluptuoso, rasgos familiares… aunque no logro ubicarla.
Su mirada altiva me revienta los cojones.
—Lo siento, señorita. Aunque tambiĂ©n podrĂa haberse fijado. ÂżDejĂł el cerebro en casa o quĂ©?
Lo admito. Me pasé un poco. Pero joder, ella también tiene la culpa.
Me escanea. Disimuladamente, claro… aunque no lo suficiente como para que yo no lo note.
Luego fija su mirada en la mĂa, y algo en su rostro cambia. Por un segundo, parece atrapada. Como si mis ojos le dijeran algo. Pero entonces, al ver mi sonrisa ladeada, hace una mueca de desagrado y me da la espalda.
Y yo… bueno, mis impulsos me ganan. Le doy un azote. Firme. Provocador.
Y entonces…
¡Pum!
El puñetazo me toma por sorpresa. Directo al rostro.
Duele como la m****a.
Y encima huye como una cobarde.
Me quedo ahĂ, con la mandĂbula adolorida y la sangre hirviendo.
Pero esto no termina aquĂ.
Nos volveremos a ver, muñeca. Porque lo que acaba de pasar… no fue una casualidad.
Nuestros destinos están jodidamente atados. Y el hilo rojo del destino no se rompe tan fácil.







