Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlexander
Maravilloso día.
Debo tener una suerte extraordinaria, porque justo como lo prometí, voy a hacerle pagar a esta jovencita.
Frente a mí está, nada más y nada menos, que la chica que tuvo el descaro de darme un puñetazo en el rostro. Y en lugar de disculparse, se burla.
No está mal poner límites de vez en cuando. Pero ahora estoy más interesado en saber si tiene las aptitudes correctas para este puesto. Aunque las reglas son claras: está totalmente prohibida para mí.
Y ese ya es un problema. Porque esta mujer… es increíblemente atractiva.
Se planta firme en la puerta, los brazos cruzados, como si tuviera todo bajo control. Sus ojos, casi tan azules como los míos, destilan una curiosidad contenida. Y algo más que no alcanzo a descifrar.
Es bajita, no debe llegar al metro sesenta. En comparación con mis casi dos metros, apenas me alcanza al pecho. Sus labios carnosos contrastan con su cabello castaño claro. Su figura es esbelta pero firme. A pesar del atuendo sencillo, sus curvas se dibujan con una naturalidad que me desconcentra.
Tiene pechos de buen tamaño… el ideal para mis manos.
No vayas por ese camino, Alex. Contrólate.
Pero hay algo más allá del deseo. Algo extraño. Cada vez que está cerca, siento un calor familiar en el pecho. Como si la conociera. Como si… ya hubiese estado con ella antes. No físicamente, sino de otra forma. Como si su presencia me devolviera algo que había perdido.
Y eso me descoloca más que su belleza.
—Yo… estoy aquí por una entrevista. No sabía que el jefe era un cretino con perro.
Su sonrisa se ensancha. Maldita sea. Egocéntrica. Desafiante. Encantadora.
—Vaya… así que sabes hablar sin golpear. Me sorprende.
—Y tú sabes sentarte sin llorar. Me alegra saber que tienes aguante.
Sus palabras me sacan una risa que apenas puedo contener. Qué demonios tiene esta mujer…
—¿Nombre?
—Amelia Moreau.
Amelia, ¿Podría ser mi Amelia?
—¿Experiencia?
—Mucha. Sé manejar agendas, correos, organizar tu vida… y darte otro puñetazo si vuelves a pasarte de listo.
Me muerdo el labio. Esta mujer tiene garras. Y me encanta.
—¿Sabes que mi asistente anterior huyó por menos que eso?
—¿Y tú sabes que yo no huyo? Yo peleo.
Joder.
—Bien, Amelia. Me gusta tu actitud, aunque no tanto tu derecha —me froto el mentón donde me golpeó—. Pero supongo que puedo sobrevivir… si no te provoco demasiado.
Ella se cruza de brazos. Alza una ceja. Sexy como el infierno.
Nos quedamos mirándonos. Silencio tenso. Inesperadamente íntimo.
—Amelia Moreau —repito su nombre, como saboreándolo.
Pero hay algo… algo que me inquieta. Me apoyo en el escritorio, tratando de recomponerme.
—¿Sabes en realidad por qué estás aquí?
Ella parpadea, confundida.
—Por una entrevista. Me dijeron que usted dejó una nota… que si preguntaba por alguna vacante, me llamaran.
Asiento. Camino hacia ella con calma. No quiero asustarla. Pero necesito saber.
—Exactamente. Lo hice… porque quiero saber si eres tú.
—¿Perdón?
—La chica de mis sueños —susurro, casi sin darme cuenta.
La frase se me escapa. Me odio por decirla. Me odio por cómo suena. Pero también… no puedo ignorarlo.
Ella se queda inmóvil.
—¿La chica de sus sueños?
Asiente con la cabeza, confundida. Pero no da un paso atrás.
Me alejo, incómodo. Me apoyo contra el ventanal.
—Digamos que… hace años tuve un vínculo tan cercano con una chica, sueños recurrente. Siempre era la misma chica. Siempre los mismos lugares. A veces me hablaba. A veces solo me miraba. Me hacía sentir cosas que nadie más ha logrado. Y hoy, cuando te vi entrar… sentí el mismo maldito nudo en el pecho.
—¿Y cómo sabes que era yo?
La miro. Directo a los ojos.
—Porque esos ojos… ya los vi mil veces. Es como si de repente volviera a vivir las mismas cosas maravillosas, Amelia. O al menos, eso creo.
Ella se tensa. Traga saliva. Su respiración se entrecorta apenas.
—Esto no tiene sentido. Yo también… recuerdo haber tenido un vínculo especial.. cuando era niña, pero, no lo tengo tan presente en mi memoria, he soñado con sus ojos azules desde hace años. Pero no sé de dónde. Y ahora apareces tú, diciéndome esto. ¿Qué significa?
Guardo silencio.
—Tal vez ninguno de los dos lo sepa todavía. Pero créeme, Amelia… no fue casualidad que llegaras aquí. Yo mismo dejé instrucciones para que te contactaran si algún día preguntabas por esta empresa.
—¿Por qué?
—Porque tengo la sensación de que tú y yo ya hemos vivido algo juntos… aunque ninguno recuerde qué fue exactamente.
Silencio. Solo el sonido de nuestras respiraciones.
—¿Y qué se supone que hagamos con eso? —susurra.
—Empezar por el principio —digo, tomando una carpeta—.
—Amelia Moreau… ¿estás lista para el trabajo más extraño y posiblemente revelador de tu vida?
Alza una ceja, como si quisiera romper la tensión con humor. Funciona. Ambos respiramos un poco.
—¿Estás contratándome?
—Lo estoy intentando. La decisión es tuya.
Se me queda mirando. Luego sonríe, leve. Una chispa en sus ojos.
—Acepto.
No sé si fue una locura... o una señal divina. Pero algo me dice que este, apenas es el comienzo.
Amelia toma sus cosas y abandona la editorial con una sonrisa, ruborizada y confusion impregnada en su rostro.
Diez minutos después, tengo a Samuel en mi oficina como una vil garrapata.
—Por favor, dime que la contrataste. No puedo soportar más la búsqueda de una asistente. Estoy agotado.
—No te preocupes, esta contratada, quiero que te encargues del papeleo para que mañana mismo venga y firme toda la documentación.
Le cuento los hechos mientras bajamos directo a mi coche con destino a mi casa a tomar una copa.
Conduzco por la ciudad, disfrutando del cálido resplandor del atardecer, y relato a mi amigo todo lo sucedido, incluidas las exigencias de mis padres. En media hora llegamos a casa.
Por la expresión en su rostro, sé que no se cree todo lo que le estoy contando.
—¿Estás diciendo que tus padres prácticamente te están forzando a formar una familia, o te quitarán todo?
—Sí.
—Eso es una auténtica locura, amigo. No te envidio para nada.
Con toda la confianza del mundo, se dirige a mi minibar y se sirve un coñac. Luego me sirve uno a mí y brindamos por lo que sea.
Miro mi celular y no puedo evitar abrir el chat en la conversación.
Alex: Ten dulces sueños, nos veremos más pronto de lo que piensas y me lo pagarás.
Visto✓✓
Decidió ignorarme, pero no hay manera de que supiera que fui yo. Usé ciertos contactos para dar con su número.
A ella no pareció molestarle. Bien, tampoco es que se haya dado cuenta de que se trataba de mí o seguro me lo habría recalcado hoy.
Mientras preparo una cena rápida, reviso los correos en mi laptop. Justo entonces, las notas que estaba esperando llegan, confirmando los estudios aprobados de Amelia, no la conozco, peor algo en mi me hace sentir orgulloso.
New York University (NYU)
Buenas noches, señor Moretti. La universidad New York University (NYU) le envía las calificaciones de la universitaria Amelia Moreau.
Tenga una buena noche.
Universidad New York University
Abrí el documento y quedó maravillado. Tiene muy buenas notas, casi es la mejor de la clase. Esto me confirma que tomé la mejor decisión al contratarla.
La ciudad parecía callarse poco a poco tras la ventana. Las luces tenues de mi departamento no lograban distraerme. Nada lo hacía.
Estaba solo. Como siempre. Pero esta noche… algo estaba mal.
Caminé por el pasillo como un animal enjaulado, deshaciendo el nudo de la corbata con una furia silenciosa. Me pasé una mano por el rostro. Todavía podía sentir el eco de su mirada, el sarcasmo de su voz, el calor de su presencia.
Amelia Moreau.
Su nombre me perseguía desde que cerró esa puerta.
Y el problema no era solo que me gustara. No. Era cómo me gustaba. Por qué me gustaba.
No tenía sentido.
La acabo de conocer. Se supone que debería olvidarla en cuestión de horas, como todas las demás. Y sin embargo… hay algo en ella que me jode la cabeza.
Fui hasta la cocina, no había rastro de Samuel, posiblemente ya se había ido, abrí una botella de whisky y serví un poco sin pensarlo demasiado. Di un sorbo, mirando mi reflejo en la ventana.
“La chica de mis sueños…”
Maldita sea. ¿En qué estaba pensando al decirle eso?
¿Y por qué no suena tan loco ahora?
La he visto. Lo sé. En alguna parte. Tal vez no con este rostro, no en este tiempo. Pero esos ojos… esos malditos ojos los he visto antes.
Cerré los míos por un instante.
Y como una puñalada suave, volvió ese mismo sueño de siempre: la playa, el viento salado, su risa al correr por la orilla. Mi mano tomando la suya. Su voz diciéndome que me quede. Y luego... oscuridad.
Siempre terminaba igual: con una sensación devastadora de pérdida. Como si el universo me la hubiera quitado antes de tiempo.
Abrí los ojos de nuevo, sintiendo el peso del vacío en el pecho.
Quizás estoy enloqueciendo.
O tal vez… Amelia no llegó por casualidad.
Tal vez esta vez… la vida me la devolvió.
Pero si es así, tengo que tener mucho cuidado. Porque si la pierdo otra vez… no sé si pueda sobrevivirlo.
Una
semanadespuésLunes. Odiaba los lunes. Hasta hoy. Ella jodidamente mejoraría cada uno de mis dias
Me levanto temprano como suelo hacer. No desayuno, normalmente no me da ni tiempo y eso puede perjudicarme más adelante. Ahora, no me importa.
Me pongo uno de mis típicos trajes formales. Hoy es de color azul oscuro y me dirijo a mi auto con destino a la oficina.
Debo agradecer a Samuel que haya traído a esa chica de donde la haya sacado.
No pienso reconocer nada delante de Samuel. Es un bastardo engreído y presumido. No sé cómo Lianna lo aguanta tanto.
A ese hijo de puta se le suele subir mucho el ego.
Y como si con el pensamiento la atrajera, entra Lianna corriendo como si temiera por su vida.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—S-sí, señor, solo se me hizo tarde.
Frunzo el ceño. Pero si prácticamente son las seis y la entrada es a las siete.
—¿Se te hace tarde? Pero si tu hora de entrada es a las siete.
Confundida, me observa.
—El señor Romanov siempre me hace venir a esta hora, alegando que es mi hora de ingreso.
Esta enojada y yo soy el responsable al ser un chismoso.
—Descuida, hablaré con él. A propósito, quería preguntarte, la chica que vino hace una semana, ¿tú la conoces?
Listo, ya lo dije.
Parece aliviada de que vaya a interceder por ella.
—Eh, claro. Es mi mejor amiga. ¿Por qué lo pregunta?
—Oh, nada, curiosidad. Ve a comer algo, yo iré a hablar con él.
Asiente y se va.
Me dirijo a su oficina. Si la ha hecho venir tan temprano, es lógico que él también lo haga.
—Hola, amigo. ¿Podemos hablar?
Me mira confundido y asiente.
—Me encontré a la dulce Lianna. —Se tensa—. ¿Por qué la torturas haciéndola venir tan temprano? Su horario es de siete a cinco.
Entrecierra los ojos y después hace un puchero, como cuando un niño es pillado haciendo una travesura.
—Ella te lo dijo. —Suspira—. Me alegro que contrataras a Amelia, se que haran un gran equipo.
—También me enteré de que Amelia es su mejor amiga y quizás debas perdonarme por algo que dije sin querer.
Me observa irritado.
—Suéltalo.
—Tal vez se me haya escapado que no permites que yo toque ni un ligero cabello de Lía. Ni observar demasiado. Y apostaría a que ella se lo contó a nuestra dulce Lía, ya que al mencionarte solo parecía enfurecida.
3...2...1...
—Eres un hijo de puta. ¿Cómo se te ocurre confesarle eso a esa muchacha? Eres un cretino. Tal vez yo también deba sacar tus trapitos al sol, imbécil. —...—. No te refieras a Lianna como a nuestra. No es jodidamente tuya.
—¿Y si es tuya?
Parece contrariado por mi pregunta, pero él parece un puto rompecabezas. Nunca sabrás qué pasa por su cabeza.
—No quiero escucharte ahora mismo. Lárgate de mi oficina, Alex.
De verdad debe haberlo afectado. Jamás me llama por mi nombre y menos sin pudor, sin demostrar sus sentimientos o bromear un poco.
Salgo de ahí y me dirijo a la mía a empezar el largo trabajo que tengo, no sin antes ir por un café.
Pasan las horas y siento que estoy muerto en vida. Me la he pasado realizando informes, haciendo llamadas y tratando de organizar mi horario, Todo a la espera de mi angel.
La vi entrar con paso firme, como si el edificio no pudiera intimidarla. Aún con su carpeta en mano y la ropa sobria, había algo en ella que no podía ocultar: esa mezcla entre desafío y belleza que me carcome los pensamientos desde el primer día.
Amelia Moreau.
Mi nueva asistente.
Una completa provocación andante.
—Buenos días, Alexander —me dijo con una sonrisa que era todo, menos inocente
—Buenos días, Amelia. —Respondí sin mirarla directamente, aunque estaba seguro de que mi pulso me traicionó.
La oficina estaba tranquila. Mi equipo trabajaba en silencio, ajeno a la tormenta que comenzaba a gestarse en el aire.
Le dejé un post-it amarillo sobre su escritorio antes de encerrarme en mi oficina. Solo decía:
“No golpees a nadie hoy. Ya tengo suficiente con el mentón inflamado. —A”
Pasaron exactamente cuatro minutos antes de que entrara con una hoja en la mano, fingiendo que traía informes.
—Me encontré esto… pensé que era basura. —Lo dejó sobre mi escritorio. No me miró. Solo se dio la vuelta y salió.
Lo abrí.
“Solo si nadie me provoca. No prometo lo mismo si usted se porta como idiota otra vez. —M”
Sonreí.
Y así comenzó.
Cada día, un pequeño intercambio. A veces eran frases. Otras, simples dibujos. Un día me dejó una nota con un gato dibujado y el texto: “Este es usted cuando maúlla órdenes antes de tomar café.” Otro día, le envié una nota con una calificación: “Sarcasmo: 9/10. Riesgo de despido: 11/10.”
Nadie notaba nada. Nadie debía notarlo. Pero entre nosotros, cada palabra escondía algo más. Un roce que no existía, pero que se sentía en el aire. Un fuego contenido que amenazaba con estallar si alguien respiraba más fuerte.
A veces, la observaba sin que se diera cuenta.
O eso creía.
Porque entonces ella se giraba, me miraba directo a los ojos… y sonreía con malicia, pero tambien con ternura y esperanza reflejada en sus precioso ojos. Como si supiera todo lo que yo callaba.
Como si me desafiara a cruzar esa línea que aún nos mantenía seguros.
Pero no por mucho tiempo.
Porque esto no era un simple juego.
Era una guerra silenciosa.
Y yo estaba perdiendo con gusto.
El día transcurre con normalidad, excepto por el hecho de que veo afuera a Lía y Samuel discutir. Ya sabes, lo de todos los días.
Pero esta vez se sale de control porque Lianna le estampa una cachetada que hasta a mí me duele.
¡Ouch!
—Vete a la m****a, no eres quien para prohibir tales cosas. No sabes cómo te aborrezco, imbécil.
Lianna sale corriendo con los ojos llorosos y siento pena por ella. Es tan dulce y Samuel suele ser un patán con ella.
No quiero interferir, pero si estuviera en mi lugar le daría un buen puñetazo, algo similar al que recibí de Amelia.
Hablando de eso, que no se me olvide enviar un mensaje.
Trabajo unas pocas horas más, no puedo sacarme de la cabeza a ese angel asi que intercambiamos algunos mensajes que me dejan suspirando.
Alex:
¿Estás despierta?🌙 11:50 p. m.
Amelia:
Sí. Justo estaba mirando el techo y preguntándome si eras real.🌙 11:51 p. m.
Alex:
Eso mismo me pasa contigo. Es extraño… pero siento que te conozco desde antes.🌙 11:53 p. m.
Amelia:
Y sin embargo no sé casi nada de ti. No sé cuál es tu película favorita. O si también te dan miedo las tormentas como a mí.🌙 11:55 p. m.
Alex:
Mi película favorita es “El pianista”, y sí… las tormentas me ponen raro. Como si me removieran cosas viejas.🌙 11:58 p. m.
Amelia:
Tal vez por eso nos encontramos. Porque los dos venimos arrastrando cosas viejas.🌙 12:01 a. m.
Alex:
¿Y si esta vez no huimos? ¿Y si nos dejamos sentir, sin intentar entenderlo todo?🌙 12:03 a. m.
Amelia:
¿Aunque duela?🌙 12:04 a. m.
Alex:Aunque duela. Porque contigo… incluso el miedo se siente más suave.🌙 12:07 a. m.
Amelia:
Nunca nadie me había dicho algo así.🌙 12:08 a. m.
Alex:
Nunca nadie me había hecho querer escribir a las 12 de la noche. Solo tú.🌙 12:10 a. m.
Amelia:
Buenas noches, Alex.🌙 12:11 a. m.
Alex:
Dulces sueños, Amelia. O mejor: que sueñes con lo que más te haga bien… aunque ojalá sea conmigo.






