Vir apretó el volante de su Mercedes negro con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La risa de Diego Costa seguía resonando dentro de su cabeza, alimentando una furia que le incendiaba el pecho por completo.
En el carril rápido de Avenida Constituyentes, las luces altas de tres camionetas SUV negras se cruzaron con su camino.
—¡Es el auto del señor Vir! —exclamó Mateo desde el vehículo delantero hacia Lucas, que iba sentado a su lado.
Lucas miró su reloj de pulsera y luego giró