Diego Costa yacía desplomado sobre el suelo de madera de su cabaña después de recibir un violento golpe en la mandíbula. La comisura de sus labios estaba partida y la sangre fresca goteaba lentamente sobre el piso. Sin embargo, sus ojos hinchados permanecían fijos en la pantalla iluminada de su teléfono, donde aparecía la notificación confirmando el envío exitoso del video a las cadenas nacionales de televisión.
Diego soltó una carcajada ronca y desquiciada que resonó entre los guardaespaldas q