Ciudad de México.
Lunes.
Eran las 7:30 am y Sandra caminaba como león enjaulado de un lugar a otro, observando con impaciencia su reloj, esperando a que Ernesto le entregara a Lis.
Minutos más tarde el timbre de su puerta sonó, por lo que abrió con rapidez. Sonrió al ver a su hija en brazos del hombre que tanto la enloquecía.
—Buenos días —Ernesto saludó con tranquilidad.
—¿Qué tal la pasaron? —la mujer indagó.
—Muy bien —respondió e ingresó para recostar a su hija sobre su cuna—. Solo un detal