A la mañana siguiente.
Antes de llegar al comedor en casa de doña Inés, Ernesto se desvió y tocó a la puerta de Aranza, al escuchar la voz de la pequeña, sonrió con cariño en cuanto la joven abrió.
—Buenos días, vine a ver ¿cómo te encuentras? —indicó y su mirada se perdió en sus grisáceos iris.
—Estoy renovada —Aranza explicó sin dejar de verlo, además que aquel aroma, que él desprendía le fascinaba, era como si cayera en una especie de trance y no pudiera salir de ahí, con tan solo inhalar