67. Deja de llamarme
Anabel
El silencio de la casa me resulta extraño.
Cuando era niña, este lugar siempre estaba lleno de sonidos: la voz de mi padre cantando mientras preparaba café por las mañanas, el crujido de las tablas del suelo cuando caminaba por el pasillo, la radio antigua que encendía cada tarde mientras leía el periódico.
Ahora lo único que se escucha es el tic tac del reloj de la pared.
Estoy sentada frente a la mesa del comedor con el portátil abierto delante de mí, pero llevo casi diez minutos miran