Dylan, con rapidez y de manera educada, dijo:
—Está bien, mami, no te preocupes por mí. Ve y descansa.
Rubí asintió suavemente.
—Está bien.
De regreso en su habitación, pensó que, si algún día se iba, Dylan sería lo más difícil de dejar atrás. Ya no podría cuidar de un niño tan dulce y encantador como él.
Después de dar vueltas en la cama mientras su mente divagaba, al fin se quedó dormida. Cuando despertó, ya eran más de las dos de la tarde. Encendió su teléfono y vio varias llamadas perdidas: