CAPITULO 3

ISABELLA RAMÍREZ

Estaba en shock. Veía una y otra y otra vez la prueba de embarazo que tenía en mis manos. No lo podía creer. Esto tenía que ser una maldita broma, un mal sueño.

—Isa, me tienes preocupada. ¿Qué dice la prueba?

Salgo del baño con los ojos llenos de lágrimas.

—Ay, no...

Le entrego la prueba, y ella se queda igual que yo.

—Estoy jodida, Isa —me siento en la cama y paso mis manos por mi cabello—. ¡Un bebé! ¡Voy a tener un bebé y no tengo la forma de mantenerlo!

—Oye, calma. Vamos a hacer todo lo posible para sacar adelante al bebé.

—Aleja, no tengo nada. Voy a perder mi beca y tendré que regresar a México. Mi familia no me apoyará, estoy segura.

—No digas eso. Es tu familia, no creo que te den la espalda.

—Aleja, nunca estuvieron de acuerdo en que viniera. ¿Crees que me van a apoyar con un bebé en camino?

—¿Entonces qué piensas hacer?

—Terminar el semestre... y regresar a México.

—Sé que ellos te apoyarán. Tengo fe en que sí.

3 meses después

Me encontraba haciendo las maletas para regresar a México. Mis padres no veían la hora de que volviera para seguir trabajando allá, pero lo que no sabían era la noticia con la que llegaría. Ya estaba de cinco meses; mi abdomen ya se encontraba más abultado y tenía demasiado miedo.

—Amiga, todo saldrá bien.

—¿Y si no?

—Aquí estaré yo para apoyarte. Y mi familia también.

Abrazo a Aleja y luego tomo mis cosas para regresar a mi país.

Al llegar, nadie estaba en el aeropuerto, así que tomé un taxi. Ni loca iba a tomar el bus; me sentía muy cansada y tenía que hacer rendir el dinero que había traído para mí y para mi familia.

Cuando ya estoy parada en la puerta de la casa, comienzo a sentirme mal. Sentía cómo mi estómago se empezaba a revolver, y las ganas de vomitar llegaban a mí.

—Isabella...

Me giro de golpe, asustada al ver a mi mamá parada frente a mí.

—Hasta que por fin regresas.

—Hola, mamá...

Cuando intento abrazarla, esta se aleja. Su rechazo me hace sentir mal, pero no digo nada.

—Tu padre te espera.

Entro a casa y veo a mi papá sentado en el sillón con una cerveza en la mano.

—Papá...

Este me observa y luego se para. Parece borracho.

—Hasta que llegó mi hija pródiga —se acerca y me abraza—. Me imagino que llegaste con el dinero.

El dinero. Solo le importaba el maldito dinero.

—Hola, papá. Claro que sí.

—Entrégalo.

Me quita la maleta y luego saco el sobre, entregándoselo.

—Qué buena hija tengo.

—Mañana vuelves al trabajo en el restaurante.

¿En serio? ¿Les acabo de traer un dineral y quieren que siga trabajando aquí?

—Mamá, me gustaría descansar por unos días...

Esta se ríe.

—¿Cree que va a venir a vagar? Aquí vienes es a trabajar y traer dinero a la casa.

—¡Ya lo tienen! —Esta me suelta una cachetada.

—¡No es suficiente!

—¡Eso les alcanza casi para tres meses!

—Hija, deja tus cosas en la habitación y descansa por hoy.

Me sorprende mi padre siendo comprensivo conmigo. Mi madre lo mira mal y luego se va a la cocina.

Estando en mi habitación, llamo a Aleja.

—¿Cómo te fue?

—Todo mal. A veces siento que mi madre me odia.

—¿Ya les dijiste? —Ni siquiera sabía cómo se los iba a decir.

—No sé cómo decirles. No es tan fácil decir que estoy embarazada.

—¿¡QUE ESTÁS QUÉ!? —¡Mierda! Cuelgo la llamada al ver a mi mamá parada en toda la puerta.

—Mamá, escucha...

Esta me suelta una cachetada.

—¡ERES UNA ESTÚPIDA!

—¿Qué pasa aquí? —Esto se pondrá peor...

—¡Que la idiota esta quedó embarazada!

—¿¡Qué!? ¿De quién es?

Solo sabía su nombre. No tenía ni idea de quién era.

—Yo... yo no...

Este me suelta un golpe que me deja tirada en el suelo.

—¡Lárgate de mi casa! —¿Qué? No... No tenía a dónde ir.

—Papá, no me hagas esto. Solo los tengo a ustedes...

—Eso lo debiste pensar antes de embarazarte. Sabía que dejarte ir iba a traer problemas.

—¡NUNCA LES HA FALTADO NADA! ¡TODA LA PLATA QUE GANO SE LAS ENTREGO Y AHORA ME DAN LA ESPALDA!

—¡Vete ya! —grita mi madre tomándome del pelo.

—¡Ahhh, suéltame!

Me tiran a la calle con todas mis cosas. Comienzo a llorar desesperadamente. Tenía dinero, pero no era mucho.

—Pequeña...

Levanto la vista y me doy cuenta de que es la señora Cecilia.

—¿Qué ocurrió?

Limpio mis lágrimas y me levanto.

—Me echaron de la casa. Estoy embarazada.

Toco mi vientre y esta se queda de piedra, pero luego su mirada se suaviza.

—Ven, vamos a mi casa. No pienso dejarte aquí sola.

—No quiero molestar.

—No lo haces. Además, no me caería mal algo de compañía.

Duré en la casa de la señora Cecilia todas las vacaciones, pero cuando fue momento de regresar, me vi en la obligación de informar de mi estado.

—Señorita Ramírez, mientras usted esté embarazada, no podemos continuar pagando su carrera. —¿Esperen... qué?

—¿Por qué? Un embarazo no me quitará el potencial que tengo.

—Tendrá que dar a luz a su hijo y su tiempo se verá reducido. Queremos personas comprometidas.

—¡Yo lo estoy! —grito desesperada.

—Tal vez en dos años pueda retomar, pero debe realizar un examen.

—¿Dos años? Eso es mucho.

—Porque así lo indican las directrices.

Salgo de la universidad llorando a mares. Me habían acabado de sacar del programa. Ya no podré continuar mis estudios y tendré que quedarme aquí.

—Aleja...

Comienzo a llorar, y esta se empieza a preocupar.

—Amiga, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras?

—Me retiraron del programa de becas. Solo podré reincorporarme en dos años.

—¿Por qué?

—Porque estoy embarazada.

—¡Qué hijos de puta! Es puro elitismo —grita frustrada—. Hablaré con mi padre, tal vez él pueda hacer algo.

—No creo. El señor estaba muy seguro cuando dijo eso.

—¿Qué harás?

—Por ahora, conseguir dinero y tener a este bebé.

—¿Por qué no buscas al padre?

—No sé nada de él. Solo sé dónde vive y eso es todo.

—¿Solo sabes dónde vive y que se llama Gabriel?

—Sí. Pero igual no quiero involucrarlo. Ese idiota pensó que era una zorra. Si le digo lo del bebé, me tratará de cazafortunas porque el hombre es de dinero.

—Amiga, ¡debes buscarlo!

—¡No tengo forma de regresar!

—Dime dónde es, yo lo busco.

—¿En serio harías eso por mí?

Esta me sonríe.

—Somos amigas. Estamos para ayudarnos.

Le dicto la dirección y espero paciente durante dos días a que me dé respuesta. Pero al segundo día, Aleja me marcó y no tenía muy buena cara.

—¿Qué ocurrió?

—El tal Gabriel no vive ahí. Le dije al portero que era importante, pero el idiota no me dio ningún dato. Le comenté de tu condición y lo único que hizo fue hacer una llamada y luego me despachó.

—No te preocupes. Estaremos bien.

A los 6 meses de embarazo, una señora de unos cincuenta o cincuenta y cinco años apareció en la casa de Cecilia. Se veía como una mujer de la alta sociedad. Al verme, me recorrió de arriba a abajo.

—¿Se le ofrece algo?

—¿Usted es la señorita Ramírez?

—Sí. ¿Qué desea?

—Quiero que no se te ocurra buscar a mi hijo para pedirle dinero para tu bastardo.

¿Acaso ella es la madre de Gabriel?

—Mi hijo no tiene tiempo para concentrarse en hijos bastardos.

¿Eso piensa él?

—No permitiré que me hable así.

Esta sonríe y saca un sobre costoso de su bolso.

—Espero que con esto sea suficiente para que no se aparezca en la vida de mi hijo.

Al abrir el sobre, veo que es un cheque con una buena cantidad de dinero.

—Desaparece de su vida.

Miro a la señora completamente ofendida.

—¡No quiero su maldito dinero!

Rompo el cheque en sus narices.

—No se preocupe, yo no buscaré a su hijo. Yo puedo sola con esto.

La señora me mira de forma extraña.

—Más le vale que cumpla su promesa.

Entro a la habitación y acaricio mi vientre con lágrimas en los ojos. No sé quién era realmente el tal Gabriel. Solo sé que es un hombre con gran poder, pero no me interesa que sea partícipe de la vida de mi hija.

Pasaron los meses y ahora ya estaba de ocho meses. Me dolía mucho el cuerpo, y trabajar se había convertido en una tortura. Me encontraba trabajando en un restaurante, aunque la señora Cecilia siempre me decía que no era necesario que me matara tanto. Sin embargo, pronto llegarían grandes gastos y tenía que tener algo ahorrado.

—¿Tienes el pedido de la mesa 3?

Ese día me sentía extraña, con dolores bajos, pero seguí trabajando. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el dolor aumentaba.

—¿Estás bien? —pregunta mi jefa, Clara—. Te veo muy pálida.

—Es que tengo dolor en la zona baja del vientre.

—Ven, siéntate.

Cuando me voy a sentar, siento un líquido correr por mis piernas. Miro a mi jefa asustada, y ella me mira a mí con cara de "respira".

—Creo que rompiste fuente.

—¡Eso no puede ser! ¡Falta un mes!

—Pues se adelantó. Vamos, te llevaré. Ve llamando a la abuela Cecilia.

No. No. Esto tenía que ser un mal sueño. No me sentía lista. Aún no lo estaba.

Pasaron horas y nada que salía. Me dolía el cuerpo. Cecilia nunca me soltó la mano, pero cada vez eran más fuertes las contracciones.

—¡Ahhh!

—Tranquila, respira —dice mientras me limpia el sudor de la frente.

—Bueno, mamá, es momento de pujar.

—Sí, ya... ¡PUJA!

Lo hago con todas mis fuerzas, grito fuerte y aprieto la mano de Cecilia. Empujo, empujo hasta que se escucha un llanto fuerte.

—Es una niña —dice la doctora.

—Quiero verla... —Me entregan a la bebé, pero me siento muy agotada. —Es preciosa...

Una lágrima rueda por mi mejilla.

—Así es. Felicidades, hija.

Dejo un beso en su cabecita y sonrío.

—¿Cómo la llamarás?

—Sofía...

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