GABRIEL DE LA VEGA
Mi furia estaba en su tope; no podía creer que mi papá hubiera hecho tremenda salvajada. Lo único que le pedí fue que cualquier decisión importante la consultara conmigo y ahora resulta que firmó sociedad con ese imbécil.
—Hermano, cálmate, estás muy alterado.
—¿Cómo quieres que me calme? ¡Deje a mi familia tirada en las vacaciones que se suponía iban a ser maravillosas porque mi padre hizo cosas sin mi consentimiento!
—Todo debe tener una explicación.
—No creo que la haya.