Despierto desorientada en una habitación que conozco, pero se supone que no debería estar aquí. Me levanto de golpe al recordar lo que hice anoche y la vergüenza llega a mí como un látigo que pega fuerte contra la piel.
—¡Mierda! —la puerta del baño se abre dándome la imagen de Gabriel solo con una toalla rodeándole la cadera y su perfecto pecho desnudo.
—Buenos días, esposa.
¿Esposa?... Este se acerca y deja un casto beso en mis labios que me toma por sorpresa.
—¿Cómo dormiste?
—Emm, bien... D