Me sentía como un león enjaulado, caminaba de un lugar a otro. La gente me veía extraño, sabía que era por la camisa llena de sangre. Isabella llevaba horas en el quirófano, llegó sin signos vitales. Por cada minuto que pasa me siento cayendo en un pozo sin salida.
-Gabriel, debes parar. Me tienes mareada - menciona Alejandra con su rostro lleno de preocupación.
-Mi mujer tiene razón.
-No puedo. Mientras mi esposa siga en esa sala yo no podré estar tranquilo - mi teléfono suena y es mi padre.
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