“Hola, cuñada,” dijo Adriel, haciendo un gesto perezoso con la mano como si se hubieran encontrado por casualidad en una tarde agradable y no en medio de una situación en la que Daniela preferiría no estar, mucho menos tenerlo como testigo.
Daniela sintió que su corazón se tambaleaba—pero no de buena manera—y su mandíbula se tensó.
De entre todas las personas con las que podía haberse cruzado… ¿por qué él?
¿Acaso esos hermanos poseían alguna extraña habilidad para aparecer cada vez que su vida