Jimena.
El nombre se repetía en la mente de Daniela como un eco obstinado mientras Alejandro la conducía por el pasillo, su mano firme alrededor de la de ella, sus pasos medidos y sin prisa.
El suave murmullo del banquete se fue apagando detrás de ellos, reemplazado por el sonido amortiguado de sus pisadas sobre el suelo pulido.
Ella le robó una mirada a su perfil de espaldas.
Hombros rectos, postura controlada. Era básicamente el mismo hombre sereno que nunca mostraba demasiado, que nunca perm