La disculpa de Lucià provocó una reacción visible en el salón del banquete.
Al principio, fueron solo algunos murmullos, bajos e inseguros, como si la gente estuviera probando si era aceptable reaccionar.
Luego los susurros se multiplicaron, extendiéndose y volviéndose más audaces con cada segundo que pasaba.
“Oh Dios…”
“De verdad se arrodilló.”
“Por lo que parece, es realmente culpable. Bien merecido.”
Bajo el peso de esas voces, Lucià sintió que el pecho se le oprimía. Sus rodillas presionaba