El momento en que Daniela salió de la oficina, apoyó la espalda contra la puerta cerrada y dejó escapar un largo suspiro tembloroso que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Acababa de esquivar una maldita bala.
Durante unos segundos, se quedó allí, con los ojos cerrados y el corazón aún desbocado. Luego se enderezó y miró de nuevo la puerta. Su mirada se demoró un segundo.
Nunca—ni siquiera en sus peores imaginaciones—pensó que acabaría trabajando en la misma empresa que el hombre