Capítulo 4: La Novena Renuncia

POV:

┃ LOGAN BROOKS ┃

Siempre había pensado que mi casa era uno de los pocos lugares donde realmente tenía todo bajo control. En la empresa podía anticiparme a una negociación antes incluso de que la otra persona terminara de explicar sus condiciones. Estaba acostumbrado a tomar decisiones importantes en cuestión de minutos, dirigir reuniones interminables, a cientos de empleados sin perder la calma y resolver problemas que para otros parecían imposibles. Me había esforzado en construir mi carrera precisamente sobre eso: disciplina, organización y control. La disciplina y el orden, sobre todo, siempre habían sido mi mejor carta de presentación.

Pero había una cosa en mi vida que no se limitaba a seguir ninguna de esas reglas. Hasta que llegué a casa. Porque había tres personas capaces de derrumbar toda esa organización con una sola idea… y esas tres personas compartían mi apellido. Mis hijos. Y aunque jamás cambiaria mi papel de padre por nada del mundo, tampoco podía negar que mis tres pequeños tenían un talento extraordinario para convertir el día más tranquilo en una completa y autentica locura.

Aquella mañana había comenzado como casi todas. Me desperté antes de que sonara la alarma, revisé algunos correos pendientes desde el teléfono y baje a la planta principal mientras terminaba de leer un informe en la tableta. La mansión se encontraba en un completo silencio, algo que agradecía porque esos momentos de tranquilidad eran cada vez más escasos desde que Chloe, Liam y Oliver habían descubierto que cualquier objeto de la casa podía convertirse en pare de una nueva aventura.

Pero el silencio solo duro unos segundos. Porque antes de llegar al comedor ya podía escuchar las voces de los trillizos. Así que no me quedó de otra más que negar con la cabeza. Eso en mis años de ser padre solo significaba que el día había empezado oficialmente.

La señora Tita siempre solía decirme que una casa sin niños era demasiado silenciosa. Yo, después de vivir con tres niños de nueve años, pensaba que una casa con ellos era una prueba de resistencia. Aunque en el fondo sabia la verdad. Ese caos era lo que hacía que aquel lugar siguiera sintiéndose como un hogar.

Desde que había perdido a mi esposa, la casa había cambiado y ya no seguía siendo la misma. Había días en los que el silencio pesaba más de lo que me gustaba admitir. Pero mis hijos siempre lograban encontrar la manera de llenar cada rincón con sus ocurrencias. Y Tita… Tita había sido el mayor apoyo que podía pedir. Llevaba años trabajando para nuestra familia que más que una empleada, se había convertido en alguien imprescindible para nosotros.

Siempre había estado ahí desde mucho antes de que yo llegara a formar una familia, ella había visto crecer a mis hijos, se había encargado de cuidar de ellos en los momentos más difíciles, también me había visto aprender, a golpes, como ser padre y madre al mismo tiempo y también era probablemente la única persona capaz de decirme las cosas de frente sin que yo pudiera discutirle.

Al ingresar en el comedor, el olor del café recién hecho se mezcló con el de los panqueques y me recibió antes que cualquier saludo. Pero, sin embargo, lo primero que realmente logró captar mi atención no fue el desayuno. Sino qué fueron las voces de mis tres hijos teniendo una pequeña discusión.

—¡Eso no vale, Oliver! —protestó Liam mientras apuntaba a su hermano con el tenedor.

Oliver no tardó en levantar la vista con una tranquilidad que solo él era capaz de mantener. —Claro que vale. Las reglas son las reglas.

—¿Qué reglas? ¡Si te las acabas de inventar hace cinco minutos! —soltó Liam con una risa incrédula mientras dejaba caer los hombros.

Pero Oliver simplemente se encogió de hombros con total naturalidad. —Pero siguen siendo reglas.

No pude evitar negar con la cabeza mientras terminaba de entrar completamente en la habitación. Ahí estaban. Mis tres hijos sentados alrededor de la mesa, cada uno demostrando su personalidad incluso antes de terminar el desayuno. Mis hijos eran completamente distintos entre sí. Oliver siempre había intentado aparentar ser el más responsable. Le gustaba que todo estuviera en orden y, aunque muchas veces era el cerebro de las travesuras, sabia disimularlo mejor que sus hermanos.

Liam, por otro lado, era incapaz de quedarse quieto más de cinco minutos. Vivía con aquella energía que parecía que no se le agotaba nunca y una imaginación que, sinceramente, a veces preferiría que utilizara para algo menos peligroso.

Y luego estaba Chloe. Mi pequeña. La única niña de los tres. Y aunque siempre he intentado mantener la misma disciplina con todos y tratarla exactamente igual que a sus hermanos, ella tenía una forma especial de mirarme que lograba hacer que fuera mucho más fácil decirle que no. Pero había momentos en los que me bastaba una sonrisa suya para olvidarme por completo de cualquier intento de parecer estricto. Ella era consciente perfectamente de ello… también sabía que sus hermanos se aprovechaban constantemente de esa situación para burlarse de mí.

—Buenos días —saludé mientras depositaba la tableta encima de una silla.

Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo. —¡Papá! —exclamó Chloe con una sonrisa enorme.

Fue la primera en levantarse de su asiento para dirigirse hacia mí, y aunque intenté mantener mi expresión seria, terminé sonriendo cuando me abrazó.

—Buenos días, princesa —agregué recibiéndola entre mis brazos mientras me abrazaba con mucha fuerza.

—Has dormido poco otra vez —soltó ella apartándose lo justo para poder mirarme a la cara y frunció el ceño ligeramente.

—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunté observándolo sorprendido y levanté una ceja.

Chloe elevó un dedo y apuntó mi rostro con absoluta seguridad. —Porque cuando duermes poco pones esa cara.

En ese preciso momento pude escuchar como desde la mesa, Liam soltaba una carcajada. —Tiene razón.

—No recuerdo haberte pedido tu opinión —dije girando la cabeza hacia él.

El en cambio levantó las manos en señal de rendición, aunque seguía sonriendo. —Solo quería ayudar.

Oliver solo se limitó a darle un sorbo a su zumo antes de intervenir con total tranquilidad. —La mayoría de las veces su ayuda acaba empeorando las cosas.

Liam tras sus palabras no le quedó de otra más que lanzarle una mirada de falsa indignación. —Oye.

—¿Qué? Es verdad —exclamó sin inmutarse.

Incluso Chloe comenzó a reírse de aquello antes de volver a tomar asiento mientras yo negaba con resignación caminando directo a mi lugar en la cabecera de la mesa. Fue en ese momento cuando Tita apareció con una bandeja entre las manos y mi café en la otra, como suele hacer todas las mañanas. Luego depositó la taza de café delante de mí antes de dedicarme una sonrisa afectuosa.

—Buenos días, señor Brooks.

—Buenos días, Tita —me limité en devolverle el gesto con una inclinación de cabeza.

—Espero que hoy haya podido descansar un poco más —agrego con una pequeña sonrisa.

Antes de contestar, mi mirada se desvió directamente hacia Liam, que intentaba esconder una fresa dentro del vaso de zumo de Oliver mientras fingía silbar con total inocencia. Después observé a Oliver, quien ya se había dado cuenta, pero parecía estar esperando el momento perfecto para reaccionar. Y finalmente miré a Chloe, que no dejaba de contemplarlos divertida sin decir absolutamente nada.

—Lo suficiente —solté volviendo a mirar a Tita.

Ella siguió la dirección de mi mirada y dejó escapar una risa por lo bajo. —Ya veo… —dijo negando divertida.

Tomee un sorbo de mi café mientras repasaba mentalmente la agenda del día. Tenía una reunión importante en la empresa, varios contratos pendientes, una videoconferencia, una presentación que revisar antes del mediodía y una entrevista con la que esperaba encontrar, por fin, una niñera capaz de sobrevivir más de una semana en esta casa.

Pero había algo que faltaba. Algo de lo que me había percatado desde que entre. Fue entonces cuando caí en la cuenta de algo. Había demasiado espacio libre alrededor de la mesa. Entonces opté por levantar la vista y mirar fijamente a Tita.

—Tita…

Ella dejó la jarra de zumo sobre la mesa y me observó. —¿Sí, señor?

—¿Dónde está la señorita Patricia? —inquirí con el ceño fruncido.

Fue en ese instante cuando la expresión de la mujer cambio ligeramente y su sonrisa empezó a desaparecer por completo. No fue mucho. Pero la conocía lo suficiente como para saber que algo no estaba yendo bien. También pude ver como dejaba de hacer lo que estaba haciendo y le dirigió una mirada de reojo a los niños. Y ese pequeño gesto fue lo suficiente para confirmarme que, una vez más, mis hijos estaban involucrados.

—Bueno…

Me permití suspirar para mis adentros. Otra vez. Y deje la taza sobre el plato con calma. —¿Qué ha pasado?

Tita no pudo evitar respirar hondo antes de responder. —La señorita Patricia presentó su renuncia esta mañana.

Durante unos segundos me quedé inmóvil pensando que había oído mal. —¿Renunció? —pregunté, mirándola con incredulidad.

—Sí, señor —dijo asintiendo con resignación.

Desvié lentamente mi mirada hacia mis hijos. Los tres se encontraban demasiado concentrados en su desayuno. Demasiado concentrados. Que resultaba hasta sospechoso. Porque cuando mis hijos parecían demasiado tranquilos… normalmente era porque algo habían hecho y eso significaba que debía preocuparme.

—¿puedo saber por qué? —pregunté sin apartar la vista de ellos.

Tita no tardó en carraspear con cierta incomodidad. —Lo único que sé es que…creo que sus pequeños terroncitos fueron demasiado para ella.

Lentamente giré la cabeza hacia los tres. Ellos en ese mismo instante levantaron la mirada al mismo tiempo y me dedicaron la expresión más inocente que habían podido fabricar. Con esas caras inocentes que probablemente se habían encargado de perfeccionar con años de práctica.

Los observé durante unos largos segundos. Después negué con la cabeza. —¿Terroncitos? —hice una pausa breve mientras cruzaba los brazos y luego proseguí—. Yo diría más bien pequeños diablillos.

Los tres protestaron al unísono. —¡Papá! —exclamó Chloe llevándose una mano al pecho.

—¡Eso no es justo! —añadió Liam, fingiendo que se sentía ofendido.

Oliver solo terminó negando con la cabeza mientras intentaba contener una sonrisa. —Estamos siendo víctimas de una terrible injusticia —soltó con una falsa indignación.

Por primera vez en toda la mañana, tuve que intentar contener una risa. Porque, aunque ellos tres consiguieran volverme loco mas de una vez… seguían siendo mis pequeños diablillos.

Finalmente volví a observarlos durante unos segundos por encima de la taza de café. Los tres sostenían aquella expresión de absoluta inocencia que, a esas alturas, ya conocía demasiado bien. Si alguien que no fuera su padre los hubiera visto en ese momento, habría jurado que eran tres encantadores angélicos incapaces de romper un plato. Pero yo sabía la verdad.

—Muy bien… —Dije con calma, dejando la taza sobre el plato—. Ahora quiero que alguno de los tres me explique exactamente que paso con la señorita Patricia.

Los hermanos intercambiaron una mirada rápida entre sí. Era evidente que estaban decidiendo quien seria el que iba a hablar primero. Finalmente, fue Liam quien levantó una mano con entusiasmo.

—¡Yo!

—Te escucho —dije asintiendo.

Liam carraspeó con una seriedad exagerada antes de hablar. —La señorita Patricia dijo que quería enseñarnos disciplina.

Fruncí ligeramente el ceño. —Eso suena bastante razonable.

—También dijo que ya éramos demasiado mayores para hacer guerras de almohadas por toda la casa.

—Ahí empezó todo… —soltó Oliver negando con la cabeza con un gesto decepcionado.

—Y prohibió el postre entre semana —añadió Chloe haciendo un pequeño puchero—. Eso fue un golpe muy bajo.

Les juro que tuve que contener una sonrisa ante sus palabras. —Sigo esperando la parte en la que vosotros hicisteis algo.

Los tres no tardaron en guardar silencio. Un silencio sospechosamente largo. Tita, que hasta ese momento había permanecido de pie junto al aparador, carraspeó con suavidad.

—Señor…

Voltee mi cabeza hacia ella. —Sí, Tita.

La mujer sonrió con cierta resignación. —Creo que será mejor que se lo cuente yo.

Los tres niños la observaron como si hubiese acabado de traicionarlos. —¡Tita! —protestó Liam.

—No me miréis así. Alguien tiene que decir la verdad —agregó dedicándoles una sonrisa cariñosa.

Opté por apoyar un brazo sobre la pesa. —Adelante.

—Ayer por la tarde, mientras la señorita Patricia hablaba por teléfono en el jardín, los niños cambiaron todas las macetas de sitio.

—¿Solo eso? —inquirí esperando unos segundos.

—No, señor —como me lo había imaginado—. También cambiaron las etiquetas de todas las plantas.

—Ahora los cactus son rosas —exclamó Liam mientras sonreía orgullosamente.

—No exactamente. Ahora las rosas creen que son cactus —soltó Oliver negando con la cabeza.

Chloe dejó escapar una risita divertida. Mientras que Tita solo prosiguió hablando antes de que alguno de los tres interrumpiera otra vez.

—Cuando la señorita Patricia salió a regarlas… terminó abrazando un cactus.

Durante un par de segundos nadie se atrevió a decir nada. Hasta que Liam levantó un dedo. —En nuestra defensa…

Lo señalé con la mirada. —No empieces esa frase —lo interrumpí.

—… el plan original era mucho menos peligroso.

—¿Y cuál era el plan original? —suspiré.

—Esconderle un zapato —respondió Oliver con total naturalidad.

—¿Y cómo acabasteis reorganizando medio jardín?

Los tres se quedaron pensando. Pero fue Chloe quien respondió muy seria. —Las ideas evolucionan.

Tras esas palabras, Tita ya no pudo contener una pequeña risa. Pero yo solo me limité a negar con la cabeza. Definitivamente, aquellos tres eran incorregibles.

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