Mundo ficciónIniciar sesiónNora se quedó mirándome con esa media sonrisa que conocía demasiado bien y que tan poco me gustaba. No porque fuera una sonrisa fea, al contrario. El problema era que cada vez que sonreía así y ponía aquella cara significaba que estaba tramando algo o que se le había ocurrido una de sus “magníficas ideas”. Y, por experiencia, sus magníficas ideas casi siempre acababan arrastrándome con ella y terminando conmigo metida en algún lío. Así que no dudé en señalarla con el dedo antes de que pudiera abrir la boca.
—Ni se te ocurra poner esa cara —solté mirándola de reojo. Ella no tardó en parpadear con una inocencia digna de un premio Oscar mientras arqueaba una ceja con una inocencia que no engañaba absolutamente a nadie. —¿Qué cara? —preguntó, haciéndose la ofendida como si de verdad no entendiera de que estaba hablando. —Esa. La de “tengo una idea brillante” que luego siempre termina conmigo arrepintiéndome y preguntándome por qué demonios te hice caso —solté con una risa incrédula y negué con la cabeza. —Te juro que esta vez no vas a arrepentirte —agregó Nora llevándose una mano hacia el pecho, fingiendo sentirse ofendida como si hubiese acabado de herir sus sentimientos. La observé de arriba abajo antes de cruzarme de brazos. —Qué curioso… fue exactamente eso mismo lo que me dijiste antes de convencerme para hacer puenting. La sonrisa de Nora vaciló apenas un segundo. —Solo fueron diez metros —dijo mientras su expresión cambiaba al instante. —¡Eran treinta y dos! —exclamé abriendo mucho los ojos. —Bueno... ¿ves? Ya ni te acuerdas —dijo ella rompiendo a reírse. La miré con incredulidad mientras la señalaba otra vez con un dedo, esta vez fingiendo que estaba completamente indignada. —Todavía sueño con aquel puente. Las dos terminamos echándonos a reír. Hacía días que no me salía una carcajada así, de verdad, y por un momento conseguí olvidarme de todo lo que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza: la conversación con la señora Martha, del alquiler atrasado, del despido, los currículums sin respuesta y de la cuenta bancaria que cada vez daba más pena verla. Era increíble lo fácil que Nora podía conseguir sacarme una sonrisa incluso cuando tenía el mundo patas arriba. Cuando las risas fueron apagándose, Nora volvió a mirarme con ese aire misterioso que comenzaba a ponerme de los nervios. —Necesito que confíes en mí. —Esa frase nunca trae nada bueno —la observé entrecerrando los ojos. —Ellie... —¿Qué? —Levántate. Fruncí el ceño. —¿Para qué? Nora me dio una palmada, como si la respuesta fuera más que evidente. —Porque nos vamos. La miré como si acabara de perder completamente el juicio. —¿Nos vamos a dónde? —Ya lo verás —exclamó sonriendo con total tranquilidad. —No —negué con la cabeza sin permitirme moverme de sofá. Ella cruzó los brazos. —¿No? —No pienso salir de mi casa sin saber adónde me llevas. Bastante complicada esta ya mi vida como para subir a un coche a ciegas. Nora dejó escapar un suspiro exagerado. —Eres más desconfiada que una abuela cuando recibe una llamada del banco. No pude evitar sonreír. —Y con razón. Se acercó hasta mí y me dio un pequeño empujón en el hombro. —Venga, deja de protestar y ve a cambiarte. —¿Cambiarme? —pregunté confundida. —Sí. La observé con desconfianza. —¿Y por qué exactamente? —Porque quiero que te pongas tu mejor atuendo —soltó y su sonrisa se volvió más grande. Parpadeé un par de veces. —¿Mi mejor atuendo? —Exacto. —Nora... mi mejor atuendo está reservado para bodas, funerales y entrevistas de trabajo importantes —agregué soltando una risa. —Pues mira qué casualidad. Hoy va a tener una nueva función —dijo mientras chasqueaba los dedos. —Eso no ha sonado nada tranquilizador —exclamé frunciendo el ceño. Ella simplemente se echó a reír. —Solo hazme caso. —¿Me puedes explicar qué está pasando? —me limité a apoyarme una mano en la cintura. Negó con la cabeza. —Todavía no. —¿Ni una pista? —Ni media. —¿Y si resulta que me estás llevando a participar en uno de esos concursos raros y absurdos de televisión donde la gente hace el ridículo por dinero? —Te prometo que no —dijo soltando otra carcajada. —¿Segura? —Segurísima. La observé durante unos segundos intentando averiguar si estaba diciendo la verdad o si escondía algo. La conocía demasiado bien. Sabía cuándo mentía y, normalmente para mi desgracia, no podía aguantarme la mirada. Esta vez, sin embargo, parecía completamente convencida. —Está bien —resoplé. Ella en ese instante levantó ambos brazos en señal de victoria. —¡Sabía que acabarías aceptando! —No cantes victoria tan pronto. Si descubro que esto es una encerrona, te dejo de hablar una semana. Ella levantó un dedo y sonrió con toda la confianza del mundo. —No aguantarías ni tres días —bufe por lo bajo. Lo peor era que tenía razón. Tenía la desfachatez de decirlo porque sabía que era verdad. Subí a mi habitación mientras ella esperaba en el salón. Abrí el armario y me quedé unos segundos contemplando la ropa. No tenía un vestidor digno de una influencer, precisamente, pero tampoco podía quejarme como si tuviera demasiadas opciones. Después de darle un par de vueltas terminé escogiendo un pantalón de vestir color crema, una blusa azul celeste y una americana blanca que solo reservaba para las entrevistas más importantes. Me recogí el pelo en una coleta baja, me puse unos pendientes discretos y un poco de maquillaje para disimular y que las ojeras no anunciaran al mundo las noches que llevaba durmiendo regular. Cuando volví al salón, Nora levantó la vista y sonrió satisfecha. —Muchísimo mejor. Me miré de arriba abajo. —Espero que el sitio al que vamos merezca la pena, porque hace meses que no me arreglaba tanto. Ella tomó las llaves del coche y empezó a caminar hacia la puerta. —Créeme... lo merece. Cogí el bolso, comprobé por enésima vez que llevaba el móvil, la cartera, las llaves y salí detrás de ella sin tener la menor idea de a donde iríamos. Salimos del edificio y bajamos hasta el coche de Nora. En cuanto me acomodé en el asiento del copiloto, me di la vuelta hacia ella con la firme intención de sacarle, por las buenas o por las malas, la información que llevaba escondiéndome desde que había aparecido en mi piso. Esperé a que arrancara el motor y, en cuanto comenzó a conducir, fui directa al grano. —Vale, ya estamos en marcha. Ahora sí puedes contarme adónde vamos. Nora solo sonrió sin siquiera apartar la mirada de la carrera. —Qué impaciente eres. —No soy impaciente, soy una persona a la que le gusta saber dónde se está metiendo. Ella dejó escapar una risa. —Confía un poquito más. Opté por cruzarme de brazos y recosté la cabeza en el respaldo. —Mira, ahora mismo mi concepto de “confiar” está un poco tocado. Entre el despido, las entrevistas que no sirven para nada y mi casera a punto de poner mis cosas en la calle, comprenderás que me guste tener toda la información posible. Nora me dedicó una mirada rápida antes de volver a concentrase en la carrera. —Precisamente por eso te llevo conmigo. —¿Tiene que ver con un trabajo? —inquirí frunciendo el ceño. Noté como Nora comenzaba a sonreír de lado. Pero no respondió. Y yo solo pude suspirar pesadamente. —Eso ha sido un sí disfrazado de silencio. Ella volvió a soltar otra carcajada. —Puede ser. —Eres desesperante —dije negando con la cabeza. —Y tú demasiado curiosa. —Normal. Llevas más de media hora hablando como si fueras un tráiler de película. Nora volvió a reírse. —Ten un poco de paciencia —pidió. —Lo intento, pero no me sale —la observé unos segundos. Condujimos durante casi cuarenta minutos. El resto del camino transcurrió entre pequeños intentos por sacarle alguna pista y sus respuestas eran cuidadosamente calculadas para no decirme absolutamente nada. Le pregunté si era en una oficina. Pero ella solo negó con la cabeza. Después probe con un hotel, un restaurante e incluso con una empresa de eventos. Pero nada. A todo respondía igual: una sonrisa divertida y un “ya lo verás”. Entonces no me quedó más que rendirme. O al menos hice como que me rendía. Apoyé la frente contra la ventanilla y miré como el paisaje iba cambiando. Poco a poco dejamos atrás el centro de Madrid y comenzamos a atravesar las calles y zonas que con el paso de los minutos se fueron volviendo mucho más tranquilas. Las calles eran amplias, los árboles parecían perfectamente cuidados y las viviendas se volvían cada vez más grandes. Las urbanizaciones empezaron a hacerse más exclusivas y las casas parecían sacadas de una revista de decoración. Miraba por la ventanilla sin decir nada, preguntándome qué demonios podía haber allí que justificara tanto secretismo. —Madre mía… —susurré casi sin darme cuenta. Nora no tardó en sonreír al escucharme. —¿Qué pasa? —Que aquí hasta los perros deben de pagar más impuestos que yo. Ella soltó una carcajada. —No exageres. —¿Qué no? Mira esas casas. Yo con una habitación de cualquiera de ellas tendría espacio de sobra para vivir. Continuamos avanzando unos minutos más hasta que Nora redujo la velocidad del coche. Giró a la derecha y el coche se detuvo frente a unos enormes portones negros de hierro forjado. Levanté la vista. Y me quedé completamente muda. Al otro lado de la verja se alzaba una mansión enorme e impresionante. Tenía un jardín perfectamente cuidado que parecía recién salido de una revista, una fuente de piedra presidía en el centro de la entrada y una fachada tan elegante que era incapaz de creerse que aquello fuera una vivienda y no un hotel de lujo. Creo que hasta dejé de parpadear, convencida de que quizás estaba viendo mal. Y después me giré lentamente hacia Nora. —No me digas... Ella arqueó una ceja con total tranquilidad. —¿Qué? Le señalé la mansión con el dedo sin apartar la vista de ella. —No me digas que me has conseguido un trabajo limpiando semejante barbaridad. Nora tardó apenas un segundo en echarse a reír fuerte. Luego se inclinó ligeramente sobre el volante mientras intentaba recuperar el aliento. —¿De verdad es lo primero que has pensado? —Pues claro. Mira el tamaño de esta casa. Solo para quitar el polvo de los muebles harían falta tres personas, un mapa y un bocadillo para no desfallecer por el camino —la miré como si la respuesta fuera evidente. Ella seguía riéndose. —Tienes una imaginación increíble. —No, tengo sentido común —solté y volví a observar la mansión—. Es más grande que mi barrio entero. Crucé los brazos. —¿Entonces no voy a ser la chica de la limpieza? Nora terminó por serenarse y negó con la cabeza. —No, Ellie. No vienes para limpiar la casa. —¿Entonces qué? ¿jardinera? —fruncí el ceño. —Tampoco —Nora soltó otra risa—. Eso no existe. —Pues alguien tendrá que limpiar la piscina —me encogí de hombros. Ella negó una vez más entre risas. —Ellie... —esperó a que dejara de hacer suposiciones antes de sonreír con complicidad—. El trabajo que quiero proponerte es muchísimo mejor que todo eso. La miré con impaciencia. —¿Me vas a decir de una vez cuál es el trabajo o piensas tenerme sufriendo hasta el final? En lugar de responder, apagó el motor, me dedicó una sonrisa cómplice, abrió la puerta del coche y bajó con toda la tranquilidad del mundo. —Solo puedo decirte que es muchísimo mejor de lo que estas imaginando. —Pues mi imaginación ya va bastante lejos. —Lo sé. Después de decir aquellas palabras optó por caminar hasta el enorme portón sin añadir una sola palabra más. —Qué manía tiene esta mujer de hacerse la interesante… —resoplé. Cogí mi bolso y la seguí todavía sin entender absolutamente nada. Mientras caminábamos hacia la entrada, no podía dejar de mirar aquella casa. Y cuanto más me acercaba, más enorme me parecía. Fue entonces cuando Nora pulsó el timbre con total naturalidad y me dedicó una última sonrisa. Yo, en cambio, comencé a ponerme nerviosa. —Nora… Ella giró ligeramente la cabeza. —¿Sí? —Como salga un mayordomo con guantes blancos, te juro que me devuelvo al coche. —Relájate —exclamó y se echó a reír. —Lo intento. —No parece —me miró de reojo. —Es que siento que estoy en donde no debo —agregué negando con la cabeza mientras soltaba el aire. Nora en cambio, me dio una palmadita cariñosa en el brazo. —Créeme, Ellie. Estás exactamente en donde tienes que estar —dijo con toda la naturalidad del mundo—. Ahora sí... prepárate. Porque, te guste o no, tu vida está a punto de dar un giro enorme. No tuve tiempo de contestar. La puerta comenzó a abrirse lentamente y, sin saberlo, estaba a solo unos segundos de conocer al hombre que pondría mi vida completamente patas arriba.






