En cuanto el señor Brooks abrió la puerta, entendí que aquello de "no se deje engañar por sus caras de inocencia" no era una simple advertencia. Apenas dimos un paso al interior cuando una pequeña pelota de goma salió disparada desde algún rincón de la habitación y pasó rozando la cabeza de Logan. Él ni siquiera se inmutó. Se limitó a atraparla en el aire con una sola mano, como si aquello ocurriera todos los días. Y, por la tranquilidad con la que reaccionó, sospeché que, efectivamente, ocurrí