Mía no sabía si habían pasado horas o días desde aquella noche que trató de escapar. Al final los lobos la habían acorralado, y el Alfa Roran le dio una bofetada que la arrojó con violencia contra el piso. Su cuerpo debilitado por el acónito le impidió defenderse. Acabó arrojada en el suelo con la dignidad pisoteada y puesta una vez más en ese cuarto sin ningún tipo de ventana o rendija que le diera la ubicación de dónde se encontraba.
El frío y el dolor que la invadían no se comparaba con la a